miércoles, 30 de enero de 2008 19:56
Luz Rueda
oferta electoral: candidatos y saldos
Lo malo de que empiece la campaña nos es que lo haga en segundas rebajas y se contagie de los ofertones, qué va. Es que nos fuerzan a oirlos porque no hay quien se libre y que, encima, estemos obligados a optar. Pero, encima, para optar tenemos que pararnos un momento en observar quiénes son y qué ofrecen. Y eso, que ni siquiera nos esté permitida la indiferencia, desde mi punto de vista, es lo peor de todo.
Ya tienen las listas preparadas nuestros partidos, que por aquí consisten en dos, aunque cada vez se aproximen más a uno. Es curioso, pero nunca sé para qué nos sirven estos señores y señoras candidatos, después algunos electos diputados o senadores. Pasan las legislaturas y pasan con ellas los otrora candidatos sin pena ni gloria, sin controversia, sin ni siquiera fama. Nunca -excepto si se trata de conocidos anteriores al lance electoral- he vuelto a saber nada de ellos ni a recordar sus nombres. Mientras duran en Madrid, a la mayoría -hay puntualísimas excepciones- tampoco les escucho o veo en el Congreso. ?A qué van? Qué hacen allí, además de cobrar un sueldo y meterse en política?
Trato de imaginar al candidato/a y las razones por las que se pasean unos meses por los mítines y los pueblos intentando un escaño. Supongo que mucho, muchísimo, tiene que ver con la vanidad, esa virtud tan inseparablemente humana. Uno tiende a suponer que todo lo merece y que llegó por méritos propios. Uno suele pensar que sin él nada acontecería igual y que, menos mal, al fin se dieron cuenta en el partido. Uno hasta es capaz de creer a pies juntillas en sí mismo y en las múltiples tonterías que tiene que gritar en escenarios y emisoras de segunda. A todo se acostumbra uno con tal de llegar a Madrid imbuido en la idea de su propia grandeza y -tal vez, aunque menos seguro- en la de su partido. Porque, esta segunda parte, la de creer en el partido es difícil de entender a la vista de los programas y las proclamas electorales. Si elegir candidatos tuviera consecuencias para la vida diaria -cuestión que dudo bastante-, prefiero concebir un candidato cínico pero sabiendo lo que hace que un idiota metido a candidato sin más credo que el impuesto por el partido y sin otro quehacer que el de llegar a ser un bulto invisible y bien pagado, pero, eso sí, en el congreso.
Respecto a las rebajas, saldos y promesas suelen vivir en el mundo virtual, allá donde moran los imposibles o las mentiras sin más. Y como ellos, un buen día, pasado el periodo electoral, hacen fffffffff y se desinflan. Dejan de ser lo que fueron cuando se liquida la temporada de ofertas, esta que, !horror!, tenemos encima.
En años así, lamento que la acracia haya perdido vigencia en estos tiempos tan demócratas. No obstante, contemplo muy en serio la posibilidad de no presentarme nunca de candidata. Mientras, no creo que los vote.