miércoles, 26 de marzo de 2008 18:35
Juan Zambrano
Ira y soberbia
He pasado la Semana Santa en Valdelacasa del Tajo, una población cercana al embalse de Valdecañas, en el corazón de Los Ibores. Han sido unos días de tranquilidad, de buena compañía, buena comida, paseos, excursiones, y sobre todo un trato inmejorable por parte de nuestros anfitriones, pese a los desbarajustes que ha podido causarles el desembarco en su hogar de dos docenas de personas, incluyendo un tropel de chiquillos.
Durante la estancia, dos cosas me llamaron poderosamente la atención, una en positivo y otra no tanto. La primera fueron las procesiones: estabas viendo en televisión el espectáculo religioso-turístico-folclórico de muchos de los desfiles que se celebran en España y de pronto salías a unas calles donde en todas las casas se habían apagado las luces, y la oscuridad sólo la rompían a duras penas el débil alumbrado público y las velas y faroles colocados en todas las ventanas. Delante el paso de Jesús amarrado a la columna. Unos metros por detrás, el del Nazareno con la cruz a cuestas, y cerrando el de la Virgen. Acompañándolos, cientos de personas –lo que es mucho decir en un pueblo cuyo padrón no llega a las 500 personas—que rodeaban las imágenes sin guardar filas, en absoluto silencio y la mayoría con faroles encendidos. No había Crucificado (creo que es la única Semana Santa sin esta imagen) y alguien comentó socarronamente que es porque se trataba de un pueblo civilizado que había abolido la pena de muerte. Parece que el motivo real es algo más material, la falta de fondos para comprar esta imagen. Esta ausencia ni restaba solemnidad a los desfiles ni parecía importar a los que acompañaban la procesión.
Tras recorrer el pueblo, la procesión volvía a la iglesia. Aquí fue donde me llamó la atención la segunda cosa, la menos agradable. Alguien nos sugirió que entrásemos pese a la cantidad de gente que ya había dentro, porque el templo era muy bello, especialmente el ábside. No pudimos verlo. La iglesia es pequeña y estaba llena. Apenas entramos apareció un sacerdote joven por la parte del altar que se acercó al micrófono ubicado en el atril y tronó sin disimular su ira: “¡Silencio! ¡Estamos en la casa de Dios!”. Lo cierto es que no vi en ningún momento falta de respeto, jarana o cualquier otro gesto o actitud que hubiese dado lugar al cabreo del cura. Es verdad que la gente hablaba y comentaba, pero en un tono bajo, el que se adopta involuntariamente al entrar en un recinto como aquel. Ante la andanada del sacerdote, la gente bajó aún más la voz, pero no pareció suficiente: “¡He dicho que guarden silencio!”, increpó ahora, y acto seguido, para sorpresa y enfado de los allí presentes, nos dejó a oscuras.
Creímos que sería un error o un accidente y permanecimos en el lugar unos minutos. Si mirábamos hacia al atril, a la débil luz de una capilla podíamos distinguir al cura con las dos manos apoyadas en el borde mirando a izquierda y derecha entre desafiante y desabrido. Al final todos optamos por irnos, y momentos después salió él, dio un portazo, echó la llave y revoloteó sus sotanas entre los que estábamos en la plaza sin dignarse a dirigir a nadie la palabra. Recordé que antes alguien me había comentado que este sacerdote, llegado no hace mucho, se había ganado ya la antipatía de la gente, y que había protagonizado escenas como decir en la consagración que quien no padeciese artritis, reuma o cualquier otra enfermedad similar tenía que arrodillarse obligatoriamente. Entonces no lo creí, pero visto lo visto, ya lo dudaba.
Si alguno de los presentes en la plaza hubiese sido la mitad de maleducado que el cura podría haberse dado lugar algún incidente. Afortunadamente no fue así, pero sí quedó la indignación de conocer a quien parecía creerse por encima no sólo del bien y del mal sino a salvo de las más elementales normas de cortesía, y encima, por mucho que él lo crea, ni siquiera es su casa, sino un recinto que se le cede para que cumpla una misión, no para que ahuyente a la gente. Ira y soberbia, mal cóctel para un sacerdote.
Por lo demás, todo magnífico. Incluso a la vuelta, a la altura de Navalmoral (12.30 de la mañana del domingo) tuvimos ocasión de compadecer a los que trataban de entrar en Madrid, porque hasta esa altura llegaba el atasco.