Érase una vez hace muy muy muy poco tiempo, en un país muy muy muy cercano, que un hombre estaba triste. Pedro, que así se llamaba el hombre triste, caminaba cabizbajo por el Salón de los Pasos Perdidos, pensando en sus cosas, sus PIB, VAB, EPA, IPC, pero ni así conseguía animarse.

            Tan concentrado iba que tropezó con algo y casi cae al suelo. “Anda, si es una urna”, se dijo, “pero qué sucia está, voy a limpiarla un poco”. Cuando empezó a frotar, ¿qué creéis que salió de la urna? No un genio, sino dos, que preguntaron: “¿Quién osa despertarnos, y pa’qué?”

“He sido yo”, contestó Pedro, tras mirar a ambos lados y ver que, como no había nadie más, no iba a colar echarle la culpa a otro.

“¿Y qué diantres quieres?”, dijeron los genios. En realidad dijeron “qué carajo quieres”, pero me han dicho que no ponga palabras malsonantes.

“Hombre, querer querer”, dijo Pedro dubitativo, “por ejemplo, que baje el petróleo, porque como siga así, lo tenemos crudo, je, je, ¿lo habéis cogido?: lo tenemos crudo si sube el petróleo, je, je”.

Los genios se miraron sorprendidos preguntándose de qué se reía Pedro. Éste, al verlo, se dejó caer al suelo y empezó a mesarse los cabellos: “¡Lo veis! Eso es lo que me pasa, nadie se ríe con mis chistes, dicen que soy serio y más aburrido que un partido de la Selección”, lloriqueó Pedro como sólo sabe hacerlo un ministro, y siguió: “En cambio, Maleni (que es un nombre de tongo), cada vez que dice algo con ese gracejo malagueño la gente se descojona. Mirad por ejemplo, los habitantes de la Tierra del Noreste, con la fama de serios que tienen, cada vez que Maleni (que es un nombre de tongo) dice una fecha para el AVE o habla del tren de cercanías, se revuelcan de risa. ¿Y qué me decís del emperador de Todas las Tierras que Baña el Guadalquivir Sean Mías o No? El día que Maleni (que es un nombre de tongo) salió con bien de una reprobación en el Congreso, sufrió tal ataque de risa que perdió el conocimiento y aún no lo ha encontrado”.

Los genios, buenos muy en el fondo, se apiadaron de él y le propusieron: “Nosotros podemos ofrecerte algo para que también seas divertido”.

“¿Sí? ¿De verdad? Por favor decídmelo y haré lo que queráis”, imploró Pedro.

“Está bien, pero tienes que prometer algo”. Pedro asintió.

Uno de los genios, llamado Jesús, exigió: “Me darás un sacrificio 2.500 euros por cada niño que nazca en estas tierra”. El otro, llamado Bernat, reclamó: “A mi, marfil para todas las bocas que pierdan los dientes”.

Pedro quedó horrorizado. Lo que le pedían los genios suponía sacrificar su criatura más amada, a la que había llamado Superávit Presupuestario, y que era la niña de sus ojos. Pero finalmente, viendo su triste condición, aceptó. Los genios, satisfechos como un gato en una matanza, le dijeron: “Acércate, te diremos cómo hacer reir. Mira, tú lo que tienes que decir es bis, bis, ……”

 

Al día siguiente, Pedro entró en su palacio con una sonrisa que nadie notó porque la ocultaba la barba, e interpeló al primer sirviente que encontró: “Dime: ¿cuál es el último ejercicio presupuestario del que tenemos liquidación definitiva?”

Aterrorizado el sirviente al ver los dientes de Pedro, que él tomó por una mueca de amenaza, apenas pudo balbucear: “Cre, creo que 2005, señor”

“¡Pues por el culo te la hinco, ja, ja, ja!”, respondió Pedro alejándose por el pasillo mientras su risa resonaba por todo el edificio.

El sirviente, asustado al pensar que su señor había perdido la cabeza, le envió un SMS urgente al Rey José L, apodado El Zapatero, por la humildad que le caracterizaba.

Demasiado tarde. Pedro mientras tanto había convocado a todos los pregoneros de la Tierra de Enmedio. Al llegar a la sala, con todos expectantes, se asustó un poco y a punto estuvo de echarse atrás, pero se repuso. Repaso varias veces lo que le habían dicho los genios que dijera, y que llevaba apuntado en un papelito y arrancó:

“¿Sabéis quien tiene la culpa de que suban los precios? No contestéis, coño, que esto no es un concurso. La culpa de que suban los precios la tienen los siervos, que, iletrados como son, ni saben lo que vale un maravedí, ni miden los óbolos que dan a los camareros, y por un puñetero café que vale un maravedí dejan otro de regalo. ¿Cuánto cuesta entonces un café? Dos maravedíes ¿Lo veis?”, concluyó mirando a los pregoneros a la espera de que de tirasen al suelo de la risa.

En cambio, nadie sonrió siquiera. Uno de los pregoneros se atrevió preguntar: “Señor, ¿no cree que es peligroso que los siervos lleguen a conocer lo que vale el maravedí? Supóngase que hacen el cálculo y se enteran de a cuánto está el litro de gasolina. No quiero ni pensar lo que podría ocurrir entonces….”

“¡Qué estas diciendo, insensato!” (en realidad dijo gilipollas), estalló Pedro, “ahora mismo os explico qué son los deflactores, las sub prime y las causas de la recesión y su calado, con gran abundancia de ejemplos”.

El pánico cundió en el Salón Mayor ante esta amenaza, y los pregoneros huyeron despavoridos. Pedro quedó sólo, más triste aún que antes. Puso la radio a ver si estaban los Gomaespuma y le animaban, pero en cambio a quien escuchó fue la voz de Puxeu, virrey de Todo lo que Crece en los Campos, diciendo: “Lo que hay que comer es conejo, que es más barato, y más sabrosón”. Y enseguida las risas de la concurrencia. Los unos, porque de malpensados que son creyeron que se refería a otro conejo, no al de las orejas largas, y los otros, porque tras haber gastado todo lo que tenían en alimentar sus cerdos y ovejas, que en vez de pienso parecían comer oro, veían como el virrey, en un arranque cachondo, pretendía que vendiesen por debajo de lo que había costado criar a los animales, lo que como todo el mundo sabe no puede ser, y si es, no es bueno.

 

Pedro se quedó de piedra. Hasta Puxeu hacía reír y él no. Aparecieron los dos genios entonces y le dijeron: “No te preocupes, tronco, que a nosotros sí nos has hecho gracia”, y desaparecieron rápidamente antes de que Pedro la emprendiese a golpes con ellos. Desde el otro lado del espejo, Acebes, primer edecán de Los que Quieren Quedarse con la Tierra de Enmedio, le miraba sonriente. Pedro se iluminó: “¿A ti sí te hago reir? Eres un Ángel”. Acebes contestó: “Claro que me haces reír, eres la reoca”. En realidad no dijo “eres la hostia”, porque a él no le está permitido.

 

MORALEJA: No la hay. Así que aprovecho este espacio para dar las gracias por su fidelidad con este blog a Daydi, y desearles la suerte que merecen. Y a todos en general, paciencia y buen ánimo para estas fiestas.