Siempre sospeché que había algo entre Epi y Blas, pero hasta que no lo han desvelado en Estados Unidos no me atreví a decirlo. No, no es que viera tocamientos, miraditas o algo así, es que las peleas que tenían me recordaban a las de un matrimonio añejo y eso da que pensar. Igualmente, me temía que Caponata iba fumada, o algo peor. De hecho, creo que los Beatles pensaban titular la canción Lucy in the Sky with Diamonds algo así como Caponata Flipa con el Ácido, pero los de marketing no les dejaron. ¿Y qué decir del monstruo de las galletas, gurú de la anorexia, que comía y comía y todo lo echaba por los lados de la boca y así se mantenía delgado.

Dicen los listos de siempre que se han pasado censurando estas cosas, pero creo que se han quedado cortos. Se han olvidado a Don Pimpom, pederasta muy peligroso, ¿o nadie se fijó en cómo se escondía tras los árboles para espiar a los niños y luego les perseguía? También de la rana Gustavo, el reportero más dicharachero, que ha inspirado a los reporteros del tomate. ¿Y Espinete, no es Espinete una drag queen?

Claro que los americanos podían haber mirado en su casa también. Entonces no permitirían que el pato Donald hablase de sus “tres sobrinos” cuando todos sabemos que son sus hijos naturales, fruto de una relación anterior a la de Daisy. O que el ratón Mickey fue castrado en su pubertad para que mantuviese esa voz, o que la Pantera Rosa es resultado de un intento fallido de clonación, o que los Picapiedra mostraban indecentemente los muslos, o que Piolin es la clara imagen de un psicópata, o que las aventuras de Correcaminos fomentan el maltrato animal, o que Speedy González está saliendo del armario a cabezazos... Pero claro, ahí la gran industria del cine animado, controlada por judios y comunistas, no deja que se meta mano.

En fin, al menos es un paso, aunque me haya roto el corazón: mi sueño era convertirme en una manta de velcro, para estar siempre pegado a Blas, pero veo que lo nuestro es imposible.