Según los vecinos de Josef Fritzl, el hombre que cometió la aberración de tener cautiva a su hija durante 24 años en el sótano de su casa, violarla y provocarle siete embarazos, éste era una persona amable, uno de esos ciudadanos que sonríen cortésmente a las damas, excusan cordialmente a los caballeros y acarician la coronilla a los niños a la vez que les dan un caramelo. Una vez se han descubierto sus sádicas hazañas, su comunidad se ha quedado sin habla ¿Quién iba a cargarle semejantes atrocidades a este anciano bonachón? La verdad es que lo ocurrido en la casa de Josef Fritzl es casi imposible de creer, un caso único que nadie podía haber imaginado. Esto nos hace pensar que el ser humano no tiene límites cuando se trata de hacer daño a sus semejantes, incluso siendo miembros de su propia estirpe. Y también nos confirma que, tal como reflejó Robert Louis Stevenson en su novela, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, algunos seres humanos llevan una bestia dentro que se les puede rebelar y convertirlos en seres despiadados.

            El caso de Josef Fritzl roza la surrealidad por lo atroz e increíble que resulta su salvajada, y está teniendo una gran repercusión social. Todo el mundo se pregunta cómo es posible que ninguno de sus convecinos se percatara de lo que estaba ocurriendo. La respuesta quizá haya que buscarla en la capacidad que tuvo este hombre para impedir que la bestia que  lleva dentro enseñara sus fauces.

            Pero, en realidad, el mundo está lleno de “Doctores Jekyll” con sus Mister Hyde en sus entrañas. Son tipos por lo general amables y risueños, que se dejan querer y son considerados ciudadanos muy respetables por la sociedad. A priori tienen pinta de ser buena gente, porque participan en muchos eventos benéficos, no llevan tatuajes como los piratas y suelen ser bastante religiosos, pero a escondidas trafican con armas, con droga, con medicamentos, e incluso provocan guerras en nombre de la paz. Son lobitos buenos que nos saludan y nos sonríen a todos los corderos.

Artículo publicado en el Periódico de Extremadura el día 5 de Mayo de 2.008.

Piensa doña Elvira que Ofelia es una chiquilla que vino al mundo para alborotar un poco la calle. Doña Elvira es la dueña del ultramarinos de barrio en el que Ofelia trabaja. Ese ultramarinos es una tiendecita que huele un poquito a antiguo, recogida en una estrecha callejuela del barrio viejo de la ciudad. En él compran las señoras jóvenes alguna cosilla que hace falta; y el apaño del día las más ancianas. Doña Elvira para Ofelia es muy buena patrona y mejor “doña”, como una segunda madre.

Cuando llega la primavera, Ofelia, que cada vez que se mira al espejo se da envidia de si misma, suele tirar de ropa algo corta en centímetros para las piernas y bastante ajustada para el talle. Por las mañanas sale de casa taconeando con mucho garbo en dirección a la tienda y despierta las adormiladas miradas de muchos varones propensos a caer en la tentación voluptuosa de recorrer con la vista lo que no pueden recorrer con las manos. Cuando Ofelia llega a la tienda, doña Elvira, al igual que hace su madre, la regaña: “Ofelita, niña, no deberías ir tan destapada, ¿no ves que vas llamando la atención?”. “Que no, doña Elvira, que la gente ya no se escandaliza como antes cuando una enseña las piernas”, contesta Ofelia. “La gente no, pero los hombres sí”, continua doña Elvira. “No la regañes, Elvira, ¿qué va a hacer la criatura, siendo tan joven y tan guapa como es…?”, replica doña Pura, una de las clientas más ancianas. Ofelia se dirige a ella, la besa en una mejilla y exclama: “¡Ayyy, usted si que es guapa, doña Pura!”. Y todo queda en risas porque Ofelia es un cielo de niña, muy trabajadora, muy educada y muy cariñosa, sobre todo con las clientas más ancianas.

Doña Elvira recibe una inesperada llamada telefónica a las dos de la madrugada. Es la madre de Ofelia, le comunica con voz ahogada en llanto que a su hija han intentado violarla y está ingresada en el hospital. Que está bien físicamente, pero muy nerviosa y asustada. Que en unas horas volverán a casa, pero que, seguramente, mañana no irá a la tienda. Doña Elvira no es capaz de volver a conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, la comidilla en la tienda es el caso Ofelia. La policía aún no ha encontrado al violador. “Con lo buena y cariñosa que es la chiquilla”, dice llorando doña Pura. “Pero si es que lo de esa chica se veía venir, si parecía que iba pidiendo guerra”, comenta doña Rosario. Y a doña Elvira se le caen dos lágrimas y se queda con las ganas de echarla a patadas de la tienda.    

 

 

            He intentado hacerme el estupendo distinto para escapar del corral de los comunes y huir del Baile del Chikichiki de Rodolfo Chikilicuatre, pero no lo he conseguido, un día tras otro, este hombre flaco con pronunciado e impecable tupé, se me aparece de alguna manera con su guitarrita al pecho para cantarme su engendro rapero. La única solución para quitarse de encima un soniquete hipermediático de semejante calibre es aplicarse la terapia del fiscal Fungairiño: nada de televisión, nada de radio, nada de prensa, ná de ná. Quédate en tu casa, métete en una habitación a oscuras y reza, si tienes los tabiques de rasilla de cinco centímetros, para que algún  vecino o vecina cantarines no te recuerden que existe el briquidanse, el crusaito, el maikelyason y el robocós. La verdad es que la canción es más bien sosita, pero tiene una gracia especial, como la de un chiste malo que alguien cuenta con lentitud y sin embargo provoca la carcajada de todo el que lo escucha.

            Prefiero la originalidad y comicidad de un friki como Chikilicuatre, a grupos de artificiosos bailongos clonados como los muchachitos guaperas que nos representaron el año pasado, prototipo de cantantes manidos, copia descafeinada de los Bad Street Boys. Chikilicuatre es un ejemplar único y además ha inventado el baile-rap, danza algo muermo, pero de cosecha propia.  Algunos opinan que no es una canción sensata para presentarla a un Festival de Eurovisión, pero seamos serios y tomémonos la televisión en broma. ¿Acaso no están las televisiones llenas de ridículos programas que tienen un elevado índice de audiencia? ¿No proliferan año tras año en este festival grupos y cantantes de lo más estrafalario? Además, Chikilicuatre ha sido elegido por votación popular. Está claro, las televisiones proponen y la gente dispone.

            Si a usted también le persigue Chikilicuatre, no pretenda hacerse el diferente que no va por la vida de aborregado. Nuestra sociedad es como un redil que diseñan las modas y tendencias de tal manera que ninguna ovejita puede escapar. Perrea, perrea

Publicado en el Periódico Extremadura el día 10 de Abril de 2008.

  

           

 

            Para ser ecologista no sólo basta con hablar mucho sobre la manera de solucionar el problema del cambio climático y el calentamiento global, y culpar de la contaminación a las chimeneas de las grandes fábricas. También implica depositar la basura casera en distintas bolsas para separar los residuos reciclables del resto, no verter el aceite de freír usado por el fregadero o no tirar el periódico a la papelera todos los días. No ir a todas partes en coche particular y usar los pies o el autobús urbano. No tener conectado el aire acondicionado todo el día en verano, ni toda la vivienda iluminada en invierno. Regar lo imprescindible el césped de los jardines de la casa y no tener la piscina siempre llena y el coche siempre limpio, sobre todo cuando los pantanos están a menos de un cuarenta por ciento de su capacidad.

            Puede que usted cumpla con todos estos preceptos y sea un ecologista ejemplar, e incluso intente ir más allá y convertirse en un ecologista en acción de los que puedan llegar a desesperar a más de un político. Deberá tener verdaderas razones para serlo, ya que también tendrá que echar un pulso al progreso y una tercera parte de la humanidad se le pondrá en contra porque usted irá contra sus intereses; otra tercera no sabrá y no contestará; y el resto ignora que es eso del progreso. Deberá convencer a las constructoras para que no construyan viviendas con piscinas y jardines particulares, a pesar de la demanda; convencer a políticos para que no firmen trazados de autovías que deterioran el paisaje, intentar impedir que se levanten bosques de molinos eólicos que contaminen estéticamente; oponerse a la construcción de nuevas centrales nucleares y al transporte de crudo de petróleo vía marítima. Pero sobre todo, y esto es lo más difícil, deberá presentar alternativas totalmente ecológicas para producir la energía necesaria  que satisfaga la demanda de una mitad de la humanidad que no está dispuesta a renunciar a su actual estado de progreso.

Publicado en el Periodico  Extremadura el día 4 de Abril de 2008.

 

A veces me da la sensación de que la palabra “racista” viaja de balde en la boca. Se pronuncia con una gratuidad sorprendente. La podemos adaptar casi sin esfuerzo a la cavidad palatina y luego dejarla ir, como una hoja soplada por el viento de otoño, hacia  un oído receptor, que puede ser el de alguien que cree que pertenece a un grupo de personas –una raza- cuyos huesos aguantan cuerpos envueltos en una piel de mejor calidad que la de los demás; o simplemente el de alguien que disputa un derecho legítimo o razón que cree tener ante otro alguien que pretende demostrar para su provecho, y aquí viene el meollo y el motivo por el que está escrito este artículo, ser marginado por el primero únicamente por pertenecer a otra condición social o étnica.

Si hacemos un recorrido por la historia, nos sumergiremos en funestos pasajes en los que se deja constancia de que los seres humanos somos crueles para con los seres humanos simplemente por tener diferente color de piel, distintas facciones o costumbres. Podemos sacar a flote verdaderas atrocidades cometidas contra ciertas etnias que, para nuestra vergüenza, se escribieron con mayúscula en las páginas de los libros donde queda constancia cronológica de nuestra existencia. Muchas personas fueron, y aún son, exterminadas por motivos raciales.

En nuestra sociedad, este ovillo humano multiforme en el que paulatinamente se van enredando distintas razas, distintas religiones, distintos pareceres, a la palabra “racista”, como a todas las palabras siniestras, por desgracia también hay que hacerle sitio en la boca, pero un sitio estrecho y austero donde dejarla maniatada para que se mueva lo menos posible. Lo malo es que algunos se han acostumbrado a sacarla enseguida de la boca para que se airee ante el primero que les contradiga.

Por respeto a las verdaderas víctimas del racismo, no se debería utilizar banalmente la palabra “racista”.

 

            Ya está aquí la Semana Santa, a la que podríamos llamar semana de tocata y fuga. Tocata por el resonar de cornetas y tambores mañana, tarde y noche; y fuga porque todo el que puede sale pitando de la ciudad.

            Se quedan cofrades y mantillas, y todos los penitentes que, por unas razones u otras, no tienen la posibilidad de despegar las posaderas del sillón casero para ir a remangarse los pantalones a la playa y remojar las pantorrillas en agua marina, han de conformarse pues con mojar la mano en agua bendita con olor a incienso.

            Si usted es de los que se queda –del grupo de la tocata-, seguro que se sabe de pe a pa su guión semanasantero. En el caso de ser cofrade tendrá preparado su cirio y su túnica recién planchada con olor a naftalina; si es penitente, su programa de rezos y sus escapularios, incluso estará mentalizado para cargar con una cruz por una promesa hecha al haberse librado de otra cruz. De ser mantilla, seguro que usará la peineta que heredó de la abuela junto a las recetas de coquillos y torrijas. Si se queda, sea usted quien sea, verá por enésima vez en la televisión Ben Hur o Los Diez Mandamientos. Sepa que la Iglesia Católica ha sacado un nuevo catálogo de pecados, entre los que está  bajarse películas de internet, aunque sean de las religiosamente correctas. No lo haga porque puede condenarse a ir al infierno por pirata.

            Si es usted de los que se marcha –del grupo de la fuga-, debe saber que la Iglesia Católica se ha vuelto muy ecologista y considera un nuevo pecado ir dejando basurilla por la playa o la montaña. Si usted se larga en su avión privado a una ciudad costera donde tiene anclado un yate de lujo con el que piensa hacer un crucero por el Mediterráneo, seguro que es un empresario con mucha pasta y por lo tanto le conviene saber que está usted en pecado por ser tan rico, y no le vendría mal donar parte de su patrimonio a quien bien le aconseja, la Iglesia Católica, que mantiene que el infierno existe, y por lo tanto el que avisa no es traidor.

            Pero ocurre que en pleno siglo XXI la gente está muy resabiada y no se cree cualquier cosa que le cuenten. Quizá por eso disminuya el grupo de tocata y aumente el de fuga.

Publicado en El Periodico de Extremadura el día 15 de Marzo de 2008

 

            Cáceres es una de las ciudades donde sales a tomar cañas y vinos, y comes sin haber comido. Un aperitivo obsequiado entre vivo y vino, y el que tenga el saque  estrecho va aviado sin pasar por mesa y mantel.  Habría que indagar en el pasado para saber quien fue el tabernero que puso el primer aperitivo por la cara, e inició, en esta, nuestra ciudad con aspiraciones culturetas, la costumbre del boquerón nadando en aceite de oliva en plato de chapa o la morcilla arroyana espetada con palillo, cabrada –caliente a rabiar- en boca. Y es que Cáceres es una ciudad calladita y coquetona -amen de esos pintarrajos de aerosol que la desmaquillan- que se metió hace tiempo de lleno en la costumbre del aperitivo de guagua. Y bien sabemos apreciarlo los que viajamos a ciudades donde se paga hasta la oliva del vermú.

            Dice el octogenario escritor don Eliseo García, que al parecer la idea surgió por culpa de una triste aceituna, que un tabernero dejó caer por accidente en el chato de vino de un asiduo a su taberna, quien la tomó entre los dedos y se la llevó a la boca sin miramientos. Algo que observó con recelo otro parroquiano, quien amparándose en su derecho a la igualdad, exigió una aceituna ni más pequeña ni más grande que la de su vecino de barra, a lo que el tabernero, por miedo a peder su gasto de perra chica diaria en vino, accedió a regañadientes. Pero se vio obligado a hacer lo mismo con el resto de los parroquianos; y no sólo ese día, sino los sucesivos. Y viendo este hombre que con el señuelo de la aceituna los bebedores aumentaban un poco la dosis, él, aumentó la ración de olivas para incrementar aun más la solicitud de morapio. Aquel añadido culinario extra al chateo trascendió a otras tabernas y comenzó el libre mercado del aperitivo obsequiado, que hoy en día está más vigente que nunca, hasta el punto que en la mayoría de los bares de ahora te dan a elegir entre una variedad determinada de viandas. Y hasta el punto, para quebranto de los hosteleros, que algunos clientes creen tener un derecho interminable a ser obsequiados con aperitivos varios y marean en exceso a los camareros con sus exigencias. Y todo por culpa del tabernero que regaló, por accidente,  la primera aceituna.

Hace unos días recibí una carta de un cuarentón que decía ser un loco romántico dispuesto a hacer lo indecible para llamar la atención de la mujer a la que ama.

            La reliquia epistolar decía lo siguiente:

            “Me llamo Rodrigo, tengo cuarenta y dos años, y oso recurrir a usted para pedirle que me ayude a llevar a cabo mi decimosexta declaración del amor que profeso a una mujer que, de momento, me rechaza. Creo que este nuevo intento de seducirla será baldío, pero por intentarlo que no quede. Mi pretensión es que usted escriba un artículo en el que añada este pequeño texto: Sonia, soy Rodrigo, y quiero decirte que te amo. Sé que mi pretendida lee con atención todos sus artículos –tengo que decirle con franca sinceridad que no entiendo que encuentra en ellos de interesante-, y creo que es una nueva forma, bastante original, de atraer su atención sobre mí. Reconozco que intento utilizarle de alcahuete, pero si ha estado enamorado alguna vez, supongo que me entenderá.

            Me he dado cuenta de que la mejor manera de llamar la atención de los demás es  renunciando a todo tipo de prejuicios y llevando a cabo todas las tonterías y extravagancias que a uno se le ocurran. Le confesaré que hasta hace poco he sido un artista frustrado por no pensar que todo es arte mientras no se demuestre lo contrario. Pero desde que conocí a Sonia, que es aspirante a modelo, mi concepto de arte ha cambiado y he realizado varias hazañas artísticas innovadoras para demostrarle mi amor. Hasta el momento la más significativa ha sido robar, de una exposición itinerante de arte, el orinal que Duchamp convirtió en fuente, llevarlo a casa de Sonia y transformarlo en frutero colocando dentro manzanas, peras y naranjas. Al verlo Sonia, se sorprendió y exclamó: ¿De dónde has sacado eso? ¡Qué cachondo!”.

            En el resto de la carta, Rodrigo me habla de otras ingeniosas hazañas artísticas o performances que por falta de espacio no les puedo transmitir.

            Hoy  he recibido este e-mail de mi buen amigo, el artista Emilio González:

            Se rumorea que en la pasarela Cibeles, la policía ha detenido a un tipo que intentaba desfilar disfrazado de San Valentín y llevaba en la mano una bolsa de basura que estaba expuesta en la feria de arte Arco y este había robado. Sus primeras declaraciones han sido: ¿Por qué detienen al autor de un performance?

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