(Artículo publicado en el Periodico Extremadura el mes de julio de 2006)

            Hace unos días, cuando fui a hacer la compra a una gran superficie, tropecé con un improvisado tenderete donde vendían libros al peso. Allí encontré al octogenario escritor don Eliseo García comprando quinientos veintiséis gramos de libro, concretamente de Conductas de la vieja urbanidad, del fallecido periodista y escritor Luís Carandell. Fue justo al entrar en el hipermercado, en una sección indefinida donde se exhiben y venden circunstancialmente todo tipo de ofertas. Los libros estaban colocados sobre una gran tarima, formaban torretas que simulaban rascacielos de una gran ciudad en miniatura: Manhattan podría ser. El libro que había adquirido don Eliseo pesaba en exceso para ser más bien menudo –algo más grande que el típico libro de bolsillo-, tenía unas pastas sólidas que apretaban dos centímetros de páginas rígidas y sustanciosas, carne  loncheada de papel de primera calidad. Decía don Eliseo que ese modus operandi de encasquetar libros al respetable no es de su agrado por considerarlo vulgar; que una cosa son los lomos de los cerdos y otra los de los libros. Según don Eliseo el ser humano ha nacido para vender y venderse, eso no es nuevo, pero esta estrategia para vender la cultura por arrobas sólidas se escapa de su entendimiento, y quizá de su aprobación. Aunque resaltaba el octogenario literato lo paradójico de encontrar a la venta en un popular tenderete ese medio kilo de libro que rememora las refinadas costumbres al uso de la educada y pudorosa burguesía decimonónica, tan amiga de usar infinidad de prendas y complementos para taparse y exhibir su abolengo.

            Justo cuando me trasmitía oralmente Don Eliseo su parecer, una pareja hombre-mujer de mediana edad vestidos a la moda de Miami –ya saben, como si fueran a la playa, pero sin sillas y sin sombrilla-, se acercaron al puesto y dieron un vistazo; luego él se alejó para ir a otra sección mientras le decía a ella: “Vale, coge tres kilos, pero que te los den de literatura erótica, que pesan menos porque los personajes van desnudos y entran más”.

            Don Eliseo, al escuchar aquel ocurrente comentario, me dijo sonriendo: “Juanito, ya sé porqué mi libro pesa tanto”.