Hacía años que no pisabas una iglesia con un sacerdote celebrando misa, quizá desde que te casaste. Te has sentado en el macizo banco de madera, junto a tu mujer, y has ojeado el interior del moderno templo. Sigue igual que cuando tú te casaste, hace trece años: las luminosas vidrieras policromas, el gran crucifijo del altar, los candelabros de forja esmaltada, el suelo de granito pulidísimo. Ves a tu hija, blanca, con cara circunspecta entre un grupo de veinticinco o treinta niños y niñas, también vestidos de blanco, que esperan, mostrando la misma solemnidad, a que comience la ceremonia que les ha traído nerviosos durante toda la semana.

            Hace dos años que tu mujer y tú empezasteis con todo. Tres años de preparativos, justo el tiempo que ha durado la catequesis de la niña. Paseos y paseos de tienda en tienda de tu mujer, hasta encontrar un vestidito de comunión original, no demasiado recargado de encajes y puntillas. Muchas veces le has dicho a tu mujer que tampoco era cuestión de buscar en la luna, que era vestido de un día. “No querrás que la niña vaya echa un adefesio”, te contestaba ella. Luego te ha tocado a ti, le has echado cinco sábados, mañana y tarde, hasta encontrar el traje y complementos adecuados. Lo bueno es que ya vas aviado de ropa para varias bodas. Tu mujer ha movido Roma con Santiago hasta dar con el modelito ideal, una vez que ha pasado tres veces por las manos del modisto de la bouquique. Sabes que tus padres, tus hermanos, tus suegros y tus cuñados, también estrenan hoy vestuario; y sabes que no sólo el cura agradece que tu hija, y casi todos los niños, tomen la primera comunión de una forma tan ceremonial, también tu vecino Pablo, que tiene una tienda de ropa, está encantado; y tu amigo Rafael, dueño del restaurante donde vais a almorzar después de la misa. Anoche echaste cuenta de lo que habéis gastado y ahora le estás echando imaginación para no tener que renunciar a las vacaciones en Benalmádena este verano.

            Sabes también que cuando termine esta ceremonia no volverás a asistir a una misa en muchos años, e incluso tu hija tampoco, porque tú no la vas a obligar. Pero ¿qué se va a hacer?, hay que cumplir con las tradiciones.

Publicado en el Periódico de Extremadura el día 10 de Mayo de 2008.