“Padre, me acuso de ser Funcionario”, confesó Jonás Velarde a don Eufemio con voz temblorosa, ahogada en la aflicción. “Pero hijo, ¿cómo has podido llegar tan lejos?”, exclamó susurrando don Eufemio, a la vez que unía y agitaba sus manos con los dedos abiertos.

 Este es el último párrafo de la novela Yo, Funcionario, última que ha escrito don Eliseo García, el octogenario escritor inventor de la ciudad de Sérecac, y el único que utiliza para escribir la Olivettiword, instrumento híbrido creado por mi amigo Carlitos García y fruto de la  combinación de la ingeniería mecánica de Camillo Olivetti y de la tecnología informática del Bill Gates.

La  novela de don Eliseo se puede clasificar como rocambolesca de humor negro, por encerrar una absurda historia cargada de ironía; y presenta a un personaje llamado Jonás Velarde, ciudadano muy amigo de lo ajeno que se convierte en la persona más buscada por la policía de Sérecac. Este hombre empieza su carrera delictiva secuestrando a un vecino antenista que acaba de trincar 30.000 euros en las quinielas. Una vez que consigue el rescate exigido, le deja amordazado, con los ojos vendados y atado a un árbol. Tras cometer este primer delito, empieza a cogerle afición a la buena vida y sigue cometiendo robos, todos ellos llevados con tal maestría, que la policía nunca consigue atraparte y los ciudadanos comienzan a alarmarse. Tras las correspondientes pesquisas, las autoridades policiales informan a la población que aún no saben si es hombre o mujer, rubio o moreno, alto o bajo, aunque aseguran que se trata de un funcionario de la ciudad. Desde ese día, todos los funcionarios de Sérecac empiezan a ser sospechosos y a ser mirados con recelo por los demás ciudadanos. La novela termina con el arrepentimiento en confesión  de Jonás Velarde a un cura.

Ah, olvidaba decirles que Jonás Velarde, pastelero de profesión, siempre dejaba una pista a la policía, una nota con una palabra: Funcionario. Lo hacía para que la policía y sus conciudadanos sacaran conclusiones equivocadas. Dice don Eliseo que, por desgracia, no somos lo que creemos ser, sino lo que los demás creen que somos.