SERÍA INTERESANTE, a mi modesto entender, analizar cómo ha ido evolucionando en los últimos años el lenguaje que utilizan los periodistas en la prensa y en los programas de radio y televisión, especialmente en los que hablan de deportes. Muchos de ellos se dirigen al oyente como si fuera un "colega" de toda la vida, se despiden de los corresponsales que informan desde tal o cual sitio con un "¡venga, fulanito, hasta otra!", repiten ad náuseam expresiones que si un día pudieron ser ingeniosas ahora son manifestación de pereza mental ("El Madrid pinchó en Mestalla"), modifican a su antojo el significado de ciertos términos ("El americano –hablando de un jugador de baloncesto– estuvo casi inaudito y apenas contribuyó con unos discretos seis puntos")... Cierto que, al menos, hoy en día resulta difícil leer cosas como: "fue detenido tras matar a su esposa sin causa justificada"... :=)

La imagen adjunta está tomada del teletexto de Televisión Española, organismo público que, digo yo, seleccionará a sus periodistas tras las correspondientes pruebas y oposiciones. Como se ve, "las rusas genocidaron a las nuestras". Por cierto, que eso de "los nuestros" o "los de Luis Aragonés" para referirse a los integrantes de una selección deportiva también se lleva mucho últimamente...

 

LA FOTOGRAFÍA, tomada durante una misa en la basílica de Guapalupe el pasado día 8 de septiembre, fue publicada por este periódico. En ella puede verse, en lugar preeminente, a la reina de Bélgica, Fabiola, quien, por lo visto, llegó tarde a la ceremonia. Aunque llegara, contra lo que algunos hubiéramos podido pensar...

  • Los tres en Guadalupe

 A la derecha de la reina (o ex reina, pues no ando muy ducho en cuestiones de terminología monárquica) aparece el Presidente de la Junta de Extremadura, que hubiéramos supuesto que asistió a la ceremonia religiosa como ciudadano particular y no en pretendida representación de los extremeños si quien aparece en el tercer asiento –lástima que la foto no fuera tomada cuando los tres personajes se encontraran arrodillados en los reclinatorios– no fuera el presidente de la Asamblea de Extremadura.

La foto, verdaderamente, es de las que se comentan por sí solas.

La ceremonia religiosa fue presidida por el cardenal arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, que aprovechó la homilía para lanzar una de sus habituales diatribas contra leyes aprobadas por el único órgano que tiene legitimidad para ello: el parlamento español. Que se sepa, ni el señor Fernández Vara ni el señor Ferreira pusieron objeción alguna al sermón del cura. Doña Fabiola tampoco.

El cardenal Cañizares ha publicado en fecha reciente un artículo en el que, a propósito de la legislación sobre el aborto, ha hablado de que el Estado de Derecho “con sus leyes permisivas contra la vida está autorizando, de facto, la violación de un derecho fundamental y la ejecución de sentencias de muerte injustas”, así como de que quien apoya el aborto “niega el derecho a la vida, está contra la democracia y conduce la sociedad al desastre”.

Lo malo, pensamos algunos, no es que los cañizares de turno ejerzan su libertad de expresión allí donde mejor les plazca. Lo malo es que puedan hacerse fotos como la que ilustra esta nota con las que se evidencia que aún abundan entre las máximas autoridades civiles quienes acuden tanto a las pilas del agua bendita, incluso pretendiendo representar a quienes no les han autorizado a ello, que a veces tienen que hacer en ellas algo distinto de lavarse las manos.

ME PERMITIRÁ EL LECTOR que utilice este medio para encauzar en la medida de lo posible la profundísima emoción que aún me embarga tras haber asistido, en la noche del pasado sábado, 19 de julio, al más conmovedor espectáculo que me haya sido dado presenciar en la vida: el concierto, recital, llámenlo como quieran, de Leonard Cohen en Lisboa.

Hubo factores imprevistos que, por si el espectáculo en sí no contenía suficiente capacidad de emocionar, se añadieron al evento: Luna llena brillando sobre el Tajo, junto al cual se desarrolló el acontecimiento de cerca de tres horas, claveles arrojados una y otra vez por el público sobre el escenario –pues en el único país en que una Revolución se hizo con flores, al fin, estábamos–, un Cohen magnético, elegante, cordial, con la sonrisa permanentemente en los labios, arrodillándose como un chaval de 15 años cuando en alguna de sus letras hacía súplicas amorosas, agitando los puños cuando clamaba contra injusticias de uno u otro tipo, descubriéndose –quitándose el sombrero– ante cualquiera de sus extraordinarios músicos cuando, tras algún "solo", quería reconocerles sus méritos. ¡Maravilloso, absolutamente inolvidable!

Imposible elegir una entre las decenas de canciones que interpretó. En muchas, el público, de todas las edades, internacional, con mayoría de españoles (entre ellos un buen amigo), coreaba los estribillos en una especie de ceremonia que no seré yo quien califique de religiosa, pero sí de profundamente humana y solidaria. La gente abrazándose (como dos espectadores próximos a mí, jovencísimos tanto ella como él, hicieron conmigo), llorando, entendiéndose aunque hablasen distintos idiomas... Fui muy legal respetando las prohibiciones (luego convertidas en papel mojado) de acceder al recinto con cámaras de vídeo, por lo que sólo pude grabar unos fragmentos de no muy buena calidad con la cámara de fotos. Puede verse un pequeño trozo de su celebérrimo "¡Aleluya!" pulsando aquí.

LEO EN LA EDICIÓN del este periódico del día 16 de julio de 2008 que la Policía Local de Cáceres celebró el día anterior la fiesta de su patrona, la Virgen del Carmen. "Los actos", decía la noticia, "se cerraron con la tradicional procesión de la Virgen, que desfiló a hombros de un grupo de agentes". Pues muy bien. ¡Viva la Virgen!

 

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HAY CIERTOS PERIÓDICOS, de cuyo nombre me acuerdo pero no voy a poner aquí, que hasta hace poco pasaban por representar a eso que en su día se llamó prensa de calidad. Todos ellos tienen su versión digital en Internet, naturalmente. Pues bien, el más emblemático –perdón por el tópico– de ellos publica hoy en su web la noticia que sigue:

 

 ¿Hay que añadir algo más?

HACE AÑOS viví en propia carne una experiencia semejante a la que ha conocido ese profesor del instituto de Segura de León a una de cuyas alumnas la Dirección Provincial de Educación ha decidido aprobar en la asignatura –Inglés– en la que el docente había considerado que la alumna no llegaba al nivel necesario para ello. En mi caso se trató de una alumna que en el examen final de curso recurrió al comprensible, aunque siempre arriesgado, procedimiento de copiar las respuestas a las cuestiones de la compañera de pupitre. La propia interesada, en conversación a la que fue convocada, reconoció que sus respuestas no eran verdaderamente suyas y admitió que la única calificación que correspondía era la de suspenso. Sin embargo, la chica, acuciada por las ganas de superar el curso y no muy bien aconsejada por algún otro profesor, decidió presentar reclamación contra su calificación.

Ahorro al lector el detalle de la peripecia que el docente cuyo proceder se cuestionaba hubo de atravesar hasta que, tras reuniones sin cuento de departamentos, juntas de reclamaciones y varias instancias más, la intervención de un inspector de educación independiente y prestigioso, cuyo voto fue decisivo, la calificación fue ratificada. Previamente, sin embargo, estuvo a punto de ser modificada por una sola persona que, además ser lego en la materia, dio más valor a la palabra de la alumna, en el sentido de que no había actuado irregularmente, que la del profesor al narrar lo sucedido.

Parece fuera de duda que todo alumno tiene el derecho a que sea revisada una calificación que considera injusta. Pero esa revisión debiera ser competencia exclusiva de un tribunal formado por varios profesores de la especialidad de que se trate y no sólo de un funcionario administrativo que, acaso, ni siquiera conozca la materia objeto de recurso y pueda moverse más por supuestos principios ideológicos o de corrección política que por criterios de rigor y respeto a la función docente.

LEO EN UNA NOTICIA de agencia que la esperanza de vida de los españoles fue, en 2005, de un poco más de 80 años, según el Instituto Nacional de Estadística, que informa de que las mujeres son una media de seis años más longevas que los hombres.

Desconozco, aunque no sería difícil de averiguar, la edad media de quienes contraen matrimonio o establecen una relación semejante a éste pero sin pasar por trámite administrativo alguno. ¿25, 26 años quizás? Pues bien, si a esos 25 ó 26 años, edad a la que se supone que se constituye un nuevo hogar, sumáramos los 45 años de plazo que algunas entidades financieras, como muestra el cartel de la imagen, ofrecen para amortizar la hipoteca de la vivienda, concluiríamos que muchos españoles estarán endeudados hasta los 70 años. Es decir, prácticamente durante toda su vida.

Que el lector saque sus propias consecuencias.

 

LEO EN LA PRENSA regional que se calcula en alrededor de 45.000 las personas que "besarán el manto de la Virgen", en referencia a la imagen religiosa que se muestra en estos días en la iglesia de Santa María de Cáceres. Según el archivero de la correspondiente cofradía, «llevamos un manto al hospital y hay enfermos que lo abrazan».

Nada que objetar a tan piadosa práctica, la del beso del manto por parte de los enfermos. Cada cual puede hacer de su capa (o de la de la Virgen) un sayo. Pero supongo yo que en el caso de las personas hospitalizadas los facultativos sanitarios pondrán todos los medios a su alcance para evitar que a través de tan respetable besamantos se pueda producir el contagio de los miles de bacterias y virus que pululan a sus anchas por todos los hospitales. Sería una auténtica pena que, buscándose alivio para la enfermedad por esta práctica tan singular, los efectos conseguidos fueran justamente los contrarios.

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