La víspera del 11-M es el día después de la celebración de las Elecciones Generales de 2008. Elecciones que, como en otras muchas ocasiones, dijeron ganar todos los partidos. Eso es lo que dijeron, pero lo cierto y verdad es que no se trataba de una competición de atletismo, en la que suben al cajón los tres primeros clasificados. Para mí era más bien un partido de baloncesto, que sólo puede ganar un equipo. Y las elecciones las ganó el partido que va a gobernar, así que lo primero es darle la enhorabuena y reconocer ese triunfo.

Otra cosa es que se puedan comentar las jugadas del partido y plantearse si en los últimos minutos hubo juego sucio, faltas personales o incluso ayudas arbitrales. Y algo de eso fue lo que pasó por segunda vez consecutiva en la jornada de reflexión, manipulando vilmente la muerte de un exconcejal e impidiendo que políticos de otra tendencia pudieran dar el pésame a la familia. Y que siga quedando muy claro que en ningún momento estoy poniendo en duda la legitimidad del resultado, los votantes ya somos mayorcitos para saber si nos manipulan o no.

También creo que, con los resultados en la mano, el partido que parece haber practicado una política de tensión y crispación ha sido el ganador, puesto que ha fagocitado literalmente a los situados  más a la izquierda.

Por otro lado, un partido que dice haber ganado, pero que ha perdido, necesita renovarse, sin prisas pero sin pausa. Debería dejar que fueran sus militantes en un congreso abierto, los que decidieran quién debe sustituir a la persona que, en dos ocasiones, no ha podido ganar. Y bien que me pesa, porque sinceramente creo que habría sido el mejor presidente de Gobierno posible, tiene demostrado que es un gran gestor. Pero es que para gobernar, previamente hay que ganar las elecciones.