Hay concursos para todos los gustos y disgustos. Encender la tele y no encontrarse con uno es poco menos que un milagro. Los hay para cantar, para aprender a bailar, para rascarse la barriga diciendo estupideces e incluso hay un par de concursos en los que a los participantes les está permitido pensar. Si hay uno que ha conseguido poca audiencia televisiva pero gran capacidad para suscitar la reflexión, es el organizado por jóvenes de IU en Palencia, que se han lanzado a buscar el record Guinness de la precariedad laboral. Tan complicado era el asunto que hubo dos modalidades diferentes: la primera la ganó un joven que acreditó tener un contrato laboral de una hora y media a la semana, mientras que el apartado de precariedad acumulada se lo llevó uno joven de 23 años que recopiló 15 contratos diferentes en un solo año. El premio no sacará de pobres a los ganadores, porque me temo que un ejemplar del Estatuto de los Trabajadores, otro de Mundo Obrero y una estampa de San Precario no les servirán para pagar en el supermercado. La precariedad es consecuencia de aquella flexibilidad que nos vendieron como la panacea que permitiría reducir el desempleo, pero no nos contaron que la solución supondría tener muchísimos contratos pero sin nada que se pareciera a un puesto de trabajo. Todo sería maravilloso si esos 90 minutos semanales de vida laboral se pagaran con la tarifa que cobra Zaplana en su nuevo trabajo, pero me da a mí que no. Ahora nos dirán que no es el mejor momento de acabar con toda esta precariedad que está creando una nueva clase social: la de los que no están parados pero siguen siendo pobres.
Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 12 de mayo de 2008


Parece ser que esos papelitos con letras que nos indican qué es cada cosa han acabado por tener un final trágico. La culpa ha sido de una confusión entre magnesio y manganeso, que se ha llevado por delante a una persona y ha intoxicado a una docena. Esto nos pasa por la extendida manía de poner etiquetas a todo y por fiarnos de lo que allí está escrito. Conozco a uno que para aprender el vocabulario de inglés puso pegatinas con la palabra en cada objeto de su casa. El problema le vino cuando su madre le mandó quitarlas con un estropajo. Y es que ése es el gran inconveniente de las etiquetas, quitarlas. Si eres un tipo formal no puedes hacer bromas, y si tienes fama de guasón no puedes ponerte serio, porque descolocas al personal. Nos fiamos tanto del envoltorio que no nos paramos ni un momento a ver el interior. En ocasiones ponemos la misma etiqueta a todos los frascos, aunque el contenido sea diferente. Otras veces ponemos nombres distintos a cosas que son más o menos lo mismo. Así, a un austríaco llamado Fritzl, que secuestra y hace perrerías a su hija y familiares durante 25 años, lo tildamos merecidamente de monstruo. Pero si alguien mata en Palestina a cuatro hermanitos de menos de cinco años junto a su madre, le seguimos dando honores de Estado y otorgando el placet a sus embajadores. Cuando esto de etiquetar pierde totalmente su rigor científico, corremos el peligro de otorgar a un profesor exigente el calificativo de hueso, a un político que no insulta colgarle el sambenito de ingenuo y confundir la discreción y las declaraciones comedidas con un perfil bajo. Tal vez se cure con magnesio (o manganeso).

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 5 de mayo de 2008


Esta semana ha aparecido en prensa algo que no debería haber sido noticia. Resulta que el PP ha denunciado que en el Colegio Público General Navarro de Badajoz se han retirado de las aulas los símbolos religiosos. Y digo que no debería haber sido noticia porque deberían haber sido eliminados todos los signos confesionales de edificios y actos públicos en 1978. No entraré a discutir la patética argumentación de Díez Solís, del PP extremeño, que considera el acto como una afrenta a la religión y a los sentimientos de los católicos.

Estas cosas se deberían haber solucionado hace tiempo y no hace falta ni darles publicidad: La Consejera envía una circular a los directores de los centros recordando que no debe haber en las aulas de los centros públicos simbología de ninguna religión particular... y ya está. Es que no hay que perder más tiempo en discusiones. ¿Acaso cree el Sr. Solís que en el colegio público de Talayuela debería haber una sala alfombrada con un mirhab orientado a la Meca?

Pues eso: coherencia.

Nota: La foto la tomé yo mismo, en febrero de 2006, en un colegio público de Badajoz, el más cercano geográficamente al General Navarro. El mes pasado continuaban en ese centro público las imágenes de ejecutados en cruz colgandode las paredes, incluso imágenes de una mujer, madre del ejecutado.

 

Llevamos años escuchando que eso de la lucha de clases no existe. Una cosa es que las clases no luchen y otra que no existan. Las personas que viven de su trabajo son, históricamente, un grupo social con intereses comunes. El capital va logrando, poco a poco, comprar la conciencia de las élites del grupo y de los creadores de opinión. Es por eso que uno puede encontrarse a trabajadores que justifican la precariedad laboral, esa que crea "pobres que trabajan". Hoy es 1 de mayo. Los que todavía tenemos conciencia de clase, no lo olvidamos.
La misma semana que un obispo ganó las elecciones en Paraguay, el mismo día que un cura salió volando con un montón de globos de feria que llegaban al cielo, me entero de que en la Comunidad de Madrid los sacerdotes podrán formar parte de los comités de ética de los hospitales públicos. El primero tiene un futuro difícil, el segundo ha tenido un final muy trágico y los capellanes de Güemes y Aguirre son una mezcla de los dos primeros: con un poder que el pueblo no les ha dado mientras abren (o cierran) las puertas del cielo a los demás. El consejero Güemes firmó un acuerdo para permitir a los sacerdotes católicos formar parte del equipo interdisciplinar de cuidados paliativos. Tras conocer todo esto me asaltan dudas tales como si el imán de la M-30, el rabino de Lavapiés, los lamas de Vallecas y los chamanes de Usera formarán parte de los mismos comités. La verdad es que sería muy edificante ver un debate televisado entre todos ellos sobre las consecuencias morales de una simple extirpación de un bazo o una complicada sedación a un agonizante. Si no fuera porque todo esto tiene un fondo muy serio, estaríamos ante uno de esos filones para hacer humor negro durante una temporada. Quienes nacieron en el nacional catolicismo no se acaban de enterar de que la religión verdadera, única y oficial murió un 6 de diciembre de 1978 y que un sacerdote católico tiene todo el derecho a visitar a cuantos enfermos lo deseen, pero su opinión ético-médica debe ser tan relevante como la del quiosquero, la florista o el celador. Si así se las gasta la gran esperanza de los liberales, que alguien nos guarde de los conservadores.
Este país tenía en cada habitante un seleccionador en potencia y parece que también tiene un presidente oculto que pondría a un ministro y quitaría a otra. De fútbol no entiendo mucho y de lo otro sólo diré que han quitado a la mejor ministra y han dejado a tres o cuatro que merecían volver al banquillo. En cualquier caso, el sexo de las personas que integran el gobierno debería ser tan irrelevante como el color de la piel o el lugar de nacimiento, porque se supone que a uno lo eligen para estas cosas por su capacidad intelectual y su preparación. Si todavía es noticia de portada que una embarazada dirija al ejército o que se cree un Ministerio de Igualdad, es porque queda mucho por hacer en el camino para erradicar el machismo. Buena prueba de ello es una anécdota ocurrida la semana pasada en una emisora de radio, cuando entrevistaban a familiares y amigos de las nuevas incorporaciones gubernamentales. La locutora preguntaba cómo iba a arreglárselas la nueva Ministra de Vivienda, que tiene tres hijas, pero esa misma pregunta no se hace a los varones, como si la responsabilidad de traer hijos al mundo y cuidarlos no fuera con ellos. La igualdad de la mujer no se consigue con nueve ministras, ni con 400 euros, ya que es una tarea que empieza en la educación igualitaria familiar, en la coeducación escolar y en la construcción de pareja basada en parámetros radicalmente diferentes de los de hace 30 años. A pesar de todo, podemos felicitarnos de no tener un gobernante como Berlusconi, que es capaz de decirle a una chica que la precariedad laboral se resuelve casándose con el hijo de un rico.
Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 21 de abril de 2008

Las personas que reconocen sus errores en público deberían obtener alguna de esas menciones especiales que se publican hasta en los boletines oficiales. Si, además, las razones que se alegan son sensatas, a uno no le duelen prendas para quitarse el sombrero. Algo así pensé hace un par de semanas, cuando escuché que Monago renunciaba a ser senador argumentando razones personales que me parecieron ejemplares: la vida familiar de las personas es mucho más importante que la vida política, y difícilmente se puede ser concejal a tiempo completo en una ciudad importante, con muchas áreas de gobierno a su cargo, diputado regional, senador y presidente provincial del partido. Cuando escuché sus razonamientos entre el primer sí y el primer no, me parecieron convincentes, lógicos y muy humanos, porque yo en su lugar también habría antepuesto estar más tiempo con mis hijos pequeños que todo el oro de la corte madrileña. Lo que no se entiende es la segunda marcha atrás del concejal pacense: uno puede tomar una decisión precipitada, desdecirse, reflexionar pausadamente, pedir disculpas y quedar como un señor, pero rectificar sobre lo rectificado en función del poder de convicción del interlocutor de turno, acaba por ser el descrédito total de quien es como una veleta. Cuando escribo estas líneas, el resultado provisional del culebrón es que Monago, finalmente, va a Madrid como senador. Hoy no sé cómo habrá terminado todo, pero me pregunto dónde habrán quedado aquellos argumentos sólidos de hace apenas diez días y si podremos volver a creer alguna promesa de quien pasa del sí al no con tanta facilidad.

 

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 14 de abril de 2008.


El primer día de septiembre de 2004 escribía una de mis primeras columnas en este periódico y hablaba de Pekín, esa ciudad que pasó a llamarse Beijing sin enterarnos casi por qué. Me refería entonces a la decisión que se había tomado en julio de 2001 para llevar los juegos olímpicos a la capital china y a las promesas de respeto a los Derechos Humanos que hacían los gobernantes del país más poblado de la tierra. Hubo quien pensó que los juegos servirían para acelerar los cambios y acabar con el millar de ejecuciones que cada año ponen en práctica los mandatarios asiáticos, pero han pasado siete años desde la elección de la sede olímpica de 2008, la antorcha ha empezado su recorrido y la situación de derechos y libertades no ha mejorado nada. Y es que China es un mundo demasiado complicado: cuando Deng Xiao Ping dijo aquello de gato blanco o gato negro lo importante es que cace ratones, estaba haciendo una loa del fin de las ideologías y poniendo los pilares de un régimen que conjugaba todos los males políticos conocidos: por un lado la despiadada crueldad del más atroz de los capitalismos y, por otro lado, la falta de libertades y represión generalizada típica del estalinismo. Conseguir el respeto de los Derechos Humanos en China no se logrará boicoteando los juegos, pero tampoco se puede actuar como si nada estuviera ocurriendo. Los problemas de China son los problemas de uno de cada cuatro seres humanos y merecerían algo más que buenas intenciones, porque sería imperdonable que nos pasáramos el verano viendo los éxitos deportivos y organizativos de un gobierno que no hace más que sembrar injusticia.
Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 7 de abril de 2008
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