Parece ser que esos papelitos con letras que nos indican qué es cada cosa han acabado por tener un final trágico. La culpa ha sido de una confusión entre magnesio y manganeso, que se ha llevado por delante a una persona y ha intoxicado a una docena. Esto nos pasa por la extendida manía de poner etiquetas a todo y por fiarnos de lo que allí está escrito. Conozco a uno que para aprender el vocabulario de inglés puso pegatinas con la palabra en cada objeto de su casa. El problema le vino cuando su madre le mandó quitarlas con un estropajo. Y es que ése es el gran inconveniente de las etiquetas, quitarlas. Si eres un tipo formal no puedes hacer bromas, y si tienes fama de guasón no puedes ponerte serio, porque descolocas al personal. Nos fiamos tanto del envoltorio que no nos paramos ni un momento a ver el interior. En ocasiones ponemos la misma etiqueta a todos los frascos, aunque el contenido sea diferente. Otras veces ponemos nombres distintos a cosas que son más o menos lo mismo. Así, a un austríaco llamado Fritzl, que secuestra y hace perrerías a su hija y familiares durante 25 años, lo tildamos merecidamente de monstruo. Pero si alguien mata en Palestina a cuatro hermanitos de menos de cinco años junto a su madre, le seguimos dando honores de Estado y otorgando el placet a sus embajadores. Cuando esto de etiquetar pierde totalmente su rigor científico, corremos el peligro de otorgar a un profesor exigente el calificativo de hueso, a un político que no insulta colgarle el sambenito de ingenuo y confundir la discreción y las declaraciones comedidas con un perfil bajo. Tal vez se cure con magnesio (o manganeso).

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 5 de mayo de 2008