Un insecto (¿un escarabajo?, ¿una cucaracha?) se convirtió de repente en un joven praguense llamado Gregorio Samsa. El insecto, ya con apariencia de hombre, tuvo que trabajar como vendedor para mantener a su nueva y desalmada familia, compuesta por sus padres y una hermana. En general no le iba mal al joven Samsa, lo cual no quiere decir que le fuese bien. Inesperadamente un día volvió a convertirse en lo que había sido siempre: un insecto. Por motivos inherentes a la naturaleza del ser humano, este hecho creó una serie de trastornos que no se habían dado en su anterior metamorfosis, discreta y silenciosa. Lo que vino a continuación es bien sabido: maltratos, problemas domésticos, conflictos emocionales y familiares, muerte del joven Gregorio... La fábula ha sido hartamente divulgada de boca en boca desde tiempos inmemoriales, hasta que un escritor austriaco de principios del siglo XX (aprovechándose del vacío legal de los derechos de autor) decidiese pasarla a papel y firmarla como suya, apropiándose así de una historia escrita en realidad por la vida misma. Sintiéndose culpable poco antes de morir por semejante engaño, Franz Kafka (creemos recordar que ese era su nombre) pidió a su editor, Max Brod, que no sólo se abstuviese de publicar sus manuscritos (éste y otros parecidos) sino que, además, los quemase. Explicar por qué el editor no siguió sus indicaciones es un asunto que se tratará más adelante. 

Francisco Rodríguez Criado

 

Recurro a las vitaminas estos días para perseverar en la lectura de El puente de Alcántara, de Frank Baer. Un libro imprescindible, me aseguró un amigo. Lo que no dijo el bribón es que se trata de un armatoste de 1077 páginas. Demasiados garbanzos para una sola cuchara, creo yo. Juan Rulfo se ganó meritoriamente la eternidad con dos libritos publicados –aparte las cartas destinadas a su mujer, Clara Aparicio, que finalmente han visto la luz. En el programa A fondo (TVE, años 70), el escritor mejicano o mexicano declaró a Joaquín Soler Serrano que era su abuelo quien le contaba las historias que luego él escribía, y, claro, al morir el abuelo murió también su musa. Baer, al parecer, no tenía abuelo. O quizá tuviera un abuelo inmortal. Aun así, no entiendo ese interés en retratar un episodio de la Historia en una novela de 1077 páginas cuando se puede hacer intrahistoria en una columna de 1600 caracteres (medio folio de andar por casa, o sea). Y es que, como diría cierto torero, “tié que habé gente pa . 

No es nuevo el debate sobre la economía del lenguaje. Borges, alérgico a escribir novelas, afirmaba que a los Cien años de soledad de García Márquez le sobraban cincuenta. Los plumillas perezosos nos acogemos al aforismo de Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

Baer dedicó cinco años de investigación histórica antes de sentarse a escribir la novela. El rigor y el encanto de la narración incitan al lector a no arrojar la toalla. Yo no desespero: si me doy prisa tal vez remate el libro antes de ver pasar el AVE por Extremadura.

Francisco Rodríguez Criado

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 (Este textamento fue publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 15 de febrero de 2006).

 

 

Una antigua hernia discal, ahora con la ayuda de un pinzamiento del nervio ciático, me tiene postrado en cama durante veintitrés horas al día. A fin de cuentas, no es mala forma de subsistir siempre y cuando no se me niegue esa hora diaria en la que, desoyendo mis obligaciones como paciente, me echo a la calle para comprobar que hay vida más allá de estas cuatro paredes. Mientras llega el momento de averiguar si tendré que pasar por el quirófano, me he propuesto llevar a buen puerto la filosofía de los optimistas, esto es: al mal tiempo, buena cara. Supongo que inconscientemente he reemplazado mis preocupaciones existenciales por pensamientos más prosaicos, porque ¿acaso tiene sentido ahondar en los problemas más profundos del ser humano cuando uno no es capaz siquiera de atarse los cordones de los zapatos?

Confieso, no obstante, que a veces me cuesta aceptar las cartas del destino, sobre todo cuando vienen marcadas con la rúbrica del dolor extremo. Además, la habitación que ahora ocupo en la casa de mis padres es la misma me que cobijó en la infancia, y los recuerdos inevitables de aquellos años de juegos e ilusiones avivan la certeza de que hubo un tiempo manifiestamente mejor. Pero, en fin, quedémonos –aunque solo sea por un día– con lo positivo: mis padres están contentos de volver a tenerme a su vera y yo, de volver al redil forzado por la necesidad. Siempre es agradable estar rodeado de seres queridos que te dan la medicación, preparan la comida, lavan la ropa y atienden las llamadas telefónicas de ya.com. Y ya habrá tiempo de deprimirme cuando no tenga motivos para ello.


(Este textamento fue publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 7 mayo de 2008).

 

Francisco Rodríguez Criado

http://www.rodriguezcriado.com

 

Cuando alcanza cierta edad, el hombre soltero empieza a sentir en sus carnes el látigo de las prisas y de las arrugas: intuye que le ha llegado el momento de abandonar la condición de hijo profesional por la de padre amateur. Pero la paternidad es como el tenis: un juego imposible si no tienes enfrente a alguien que te devuelva pelotas envenenadas. Y es entonces cuando el soltero de hojalata se deja llevar por el irrefrenable impulso de pedir en matrimonio a la primera mujer con la que se cruza por la calle. A algunos les parecería una locura comprometer su vida con una desconocida,  pero soy de la opinión de que casarse con alguien que conoces bien es un acto de demencia aún peor. De locura va precisamente el tema hoy. De locura y matrimonio. El mundo está lleno de locos: unos pocos viven en el manicomio, y los más, prefieren fundar el manicomio en su propia casa, ese centro de salud donde las camisas de fuerza cuelgan planchadas de las perchas del armario.

Hubo un tiempo en que yo pensaba que el matrimonio y la libertad eran incompatibles, pero a estas alturas lo que me parece incompatible con la libertad es el hombre per se, esté casado o no. Lo que intento decir es que el matrimonio no es tan malo, a fin de cuentas. O al menos no es tan malo como lo pintan esos agoreros que no soportan disputar el mando a distancia del televisor con unas piernas sobre la mesita del salón que no sean las suyas. Como ejemplo cercano de feliz matrimonio, ahí están mis padres, que acaban de celebrar las bodas de oro. Medio siglo, se dice pronto. Pero una unión tan duradera hoy día no es un matrimonio: es un milagro.

(Este textamento fue publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 14 de marzo de 2007).

 

 (Este textamento

Francisco Rodríguez Criado (www.rodriguezcriado.com)

 

 

Este jueves 8 de mayo, a las 10:30, haré una lectura comentada ante los alumnos de 1º de Bachillerato del I.E.S Arroyo Harnina, en la bibliocarpa de la Feria del Libro de Almendralejo.

Se puede descargar el programa de la Feria en http://www.almendralejo.es/noticias/descarga.php?file=52

Francisco Rodríguez Criado (www.rodriguezcriado.com)

Posiblemente este sea el regalo de cumpleaños más original que me hayan hecho nunca: www.rodriguezcriado.com.

Desde luego fue toda una sorpresa, porque yo nada sabía al respecto.

En fin, que hacerse viejo tiene alguna que otra inesperada compensación...

 

 

Tengo pendientes de hacer varias lecturas, todas ellas en nuestra comunidad. Iré avisando con tiempo por si alguien quiere acudir a alguna de ellas.

La primera será el próximo viernes 25 de abril en el salón del Palacio de la Isla (Cáceres), a las 20:00 horas. En ella repasaré algunos textos de mis libros Sopa de pescado, Siete minutos, Textamentos, Un elefante en Harrods e Historias de Ciconia (novela que será publicada próximamente por De la Luna Libros).

Los asistentes que lo deseen podrán hacerse con un cuadernillo gratuito editado para la ocasión (20 páginas) con fragmentos de estos libros y algunas de mis columnas de EL PERIÓDICO de Extremadura, publicadas cada miércoles en la contraportada.

La presentación la hará Carmen Barrantes Vinagre, que es además la persona a quien hay que agradecerle la organización del acto.

Si no estáis demasiado ocupados, nos gustaría contar con vuestra presencia.

Saludos

(Para contratación de lecturas, por favor, escribir a textamentos@gmail.com)

Francisco Rodríguez Criado

Dicen que la muerte es sólo otro paso más en el trayecto de la vida. No recuerdo si esa consigna me la transmitieron los franciscanos durante mi educación escolar o si la he leído en el manual de filosofía que calza la mesa de mi cocina. Tampoco podría asegurar si estoy de acuerdo o no con ese aserto, mi condición de empirista no me permite opinar sin el filtro de la experiencia. Me gusta escribir sobre la muerte precisamente porque nadie puede darme o quitarme la razón; no con argumentos sólidos, al menos. Pero a la muerte hay que observarla siempre en el horizonte, apreciar su grandeza desde la distancia como apreciamos una puesta de sol o los repliegues de la Luna.

El tanatorio es una agencia de viajes que sólo vende billetes de ida, una suerte de museo de fantasmas cuyo perfume a madera de caoba nos recuerda a la Naturaleza en bruto. Se lo recomiendo a quienes aprecian los bosques pero no pueden frecuentarlos porque padecen alergia al polen. Del tanatorio de mi ciudad me gustan sobre todo el café y la charla de Bubi, el camarero, siempre dispuesto a ponerme al corriente de los últimos fallecimientos. Un tipo con tanta psicología que, sin haber visto jamás al finado, es capaz de describirlo por el comportamiento de sus familiares cuando piden las consumiciones. Tomar un café en la cafetería de un tanatorio es casi frecuentar la sala de ocio del cielo. O del infierno. Es brindar por la vida y la muerte al tiempo que comentas los resultados de la última jornada de fútbol.

Pero a veces no es la búsqueda del placer lo que me conduce al tanatorio. Ayer fue enterrado un hombre con el que me une –unía– cierto parentesco. El buen hombre había subido el día anterior a una terraza desde la que se apreciaba una hermosa vista del casco antiguo; desde allí, sin pensárselo dos veces, saltó al vacío. Era domingo, nueve y media de la noche, el restaurante estaba cerrado y no había nadie arriba que pudiera atestiguar los detalles de su última acción. Sólo llevaba puesto el pijama y un reloj en la mano izquierda que ha dejado de funcionar para siempre.

A la salida, después de la misa, los asistentes al entierro nos fuimos directamente a casa. Mejor, así no le dimos la oportunidad a mi querido camarero de averiguar si somos unos bribones o unos santos. Sentado al ordenador desde el que escribo mis habituales crónicas de la muerte, me paré a reflexionar sobre el asunto y llegué a la conclusión de que antes de saltar al vacío es mejor pensárselo tres veces. O cinco, si es necesario. Soy un tipo clásico para estas cosas y sigo pensando que las terrazas con vistas a épocas pasadas constituyen un marco maravilloso donde perpetuar la vida, no donde ponerle fin. En mi adolescencia mis padres tuvieron que llevarme varias veces a un loquero de Salamanca. Lo primero que hacía el doctor era tomarme el pulso. Nunca lo encontraba. “Su hijo, para estar muerto, tiene buen aspecto”, sentenciaba siempre a mis compungidos padres. Esa muerte prematura –tendría diecisiete años la primera vez que bajé a los abismos– me ha ayudado a apreciar la vida en su justa medida. El vértigo y un escepticismo innato me han hecho comprender que es mejor saltar al vacío poco a poco, sin prisas pero sin pausas, incorporar esta caída en picado a tu cotidianidad de la misma forma que bajas la basura al contenedor de la esquina o telefoneas al restaurante “Pekín” para pedir pollo al curry y arroz tres delicias. Pactar con los malos pensamientos es más rentable que atragantarse de altura y desesperación en una única dosis letal. Ese último adiós en pijama y el sufrimiento que ha arrastrado consigo son la prueba de que lo último que debe hacer un cadáver en vida es colgar THE END a su existencia a golpes de acera. Uno debería mantener el reloj en la muñeca hasta que se le gasten las pilas.

Y sonreír o llorar mientras llega ese momento.

(Este texto forma parte del libro Textamentos, publicado en 2004 por la editorial Alcancía.)

Francisco Rodríguez Criado

 

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