El sol calentaba con fuerza aquella tarde de viernes, aunque en junio y a las cuatro de la tarde ¿cómo podía ser de otra forma? Por suerte para Guillermo Sánchez, esa tarde tenía que empalmar el cableado eléctrico en el oscuro y fresco portal del edificio en construcción en el que llevaba varios meses trabajando. Terminó de preparar las puntas de los cables, que pronto se unirían a otros en el interior de una regleta de conexión, y miró con disgusto la silenciosa radio que hacía poco se había comprado, y que esa tarde había decidido no funcionar.

Nada perturbaba el mortal silencio que se había apoderado de la obra. Ni el penetrante martilleo de la taladradora de Jacinto, o el discordante surtido de música que solía poblar aquel lugar, sonaban ya. En aquella tarde de viernes, en la que España se jugaba su paso las semifinales, ningún sonido, aparte de sus susurradas maldiciones, rebotaba en aquel reino inacabado de paredes sin pintar. 

Los obreros, ebanistas, escayolistas y demás gremios de la construcción, se habían acogido al tantas veces ignorado convenio para tomarse esa tarde libre. Ahora, todos ellos disfrutaban del importante acontecimiento en la intimidad de sus hogares, o en un bullicioso y abarrotado bar tomando cerveza fría. Mientras Guillermo Sánchez, que para su desgracia estaba sujeto a las inflexibles cláusulas y normativas del convenio del metal, trabajaba sin descanso, desde hacía una hora, en el más absoluto silencio y en la peor de las ignorancias.

Por primera vez bajó de las escaleras, en la que se había subido para alcanzar la caja de conexión, y salió a un amplio descampado, que en un futuro no muy lejano sería el patio del edificio. Justo enfrente había un tosco banco de madera, apoyado sobre la única pared capaz de proporcionar algo de sombra. Con pasos lentos se acercó. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo superior de su mono de trabajo, y se sentó a fumar.

En aquella calma Guillermo contempló el edificio en construcción con otros ojos. Privada del cotidiano ajetreo, la obra, proyecto de futuras viviendas, se veía decadente e inservible. La grúa, ahora sin vida, se mecía impulsada por una brisa que Guillermo no sentía, y no creía que existiera. Incluso el patio, abrasado por el sol, a sus ojos se veía oscuro y peligroso, como si en las sombras que proyectaban los grandes palets se escondieran seres que nunca deberían ver la luz. Aun así el sol del verano, potente e indomable, había logrado traspasar aquel fuerte de desolación y llevar la alegría.

Laura Barra Borrilla

 

Comentarios:

“La obra”, más que un relato en sí, es una descripción ambiental de un hecho aparentemente mínimo.

En sus últimos escritos, Laura evidencia notables mejoras en su estilo. Su puntuación es cada día mejor y, además, va dejando por el camino la ingenuidad que destilaban sus primeros escritos. Con este relato da un salto cualitativo. Que el texto ande escaso de elementos narrativos es lo de menos. Lo importante es que Laura va ganando madurez con el paso de las semanas.