Al alba del primer día del año un embajador aqueo se presentó ante las puertas de Troya y a voz en grito anunció:

–Los príncipes griegos están cansados de luchar y regresan a sus casas con sus familias, pero como muestra de su espíritu de reconciliación os dejarán un regalo.

Y así lo hicieron. Al alba del día siguiente la playa donde el ejército aqueo había acampado durante diez años estaba desierta, a excepción de un magnífico y descomunal caballo de madera.

Los troyanos, saltando de alegría, amarraron el caballo y por medio de ruedas lo introdujeron en la ciudad. Esa misma tarde se celebró una importante deliberación: los ancianos de lugar sugirieron consagrar tan grandioso regalo a la diosa Atenea, patrona de la ciudad; pero un grupo de jóvenes soldados querían quemarlo y hacer con sus brasas una gran barbacoa. Después de una agitada discusión fue la idea de estos últimos la que prevaleció.

Al llegar la noche el caballo comenzó a arder entre el algarabía de la fiesta y los gritos de libertad, y ocurrió entonces que al llegar las llamas al vientre del animal una pequeña puerta, hasta ahora invisible, se abrió, se desplegó una escalera y por ella descendieron Ulises, Diomedes, Anticlo y Neoptólemo, hijo de Aquiles, todos ellos muy acalorados y apunto de asfixiarse.

Entonces se formó un gran alboroto. Los intrusos, viéndose rodeados, corrieron hacia la muralla –su única posibilidad de escapar–, seguidos muy de cerca por los pocos soldados que precavidamente se habían traído sus armas a la fiesta. Y quiso el destino que llegaran hasta una plaza vivamente iluminada por una docena de mástiles de cuyo extremo colgaban grandes candiles de cobre, y que, en mitad de la lucha uno de esos mástiles volcara y arrastrara al siguiente en su caída y este al siguiente creando un efecto dominó. En poco tiempo la plaza ardía hasta los cimientos. Los ciudadanos de Troya, embriagados por el alcohol y por el fin de la guerra, no supieron reaccionar a tiempo y dos horas después ardía toda la ciudad.

Y se cuenta que mientras hombres, mujeres y niños se afanaban por sofocar el incendio cinco figuras a galope escapaban de la ciudad y se perdían en la oscuridad de la noche.     

 

Laura Barra Borrilla

 

Comentarios:

Laura ha construido una falsificación histórica en torno a la popular figura del caballo de Troya, citado en el canto octavo de la Odisea de Homero. La ciudad de Troya es devastada al igual que ocurre en el mito, pero no por la mano de Ulises y los suyos sino del azar confabulado con el fuego. El giro de la historia parte del momento en que los jóvenes soldados de Troya deciden quemar el caballo para hacer con sus brasas una barbacoa. Una idea desmitificadora que está implícita en el título del relato: “Caballo a la brasa”.

F.R.C