jueves, 30 de octubre de 2008 23:06
Francisco Rodríguez
Reflexiones sobre el crimen de Montesol (en Cáceres)
La prensa viene a menudo cargada de noticias, comentarios o titulares que, lejos de despejar dudas, me confunden aún más. Por citar un ejemplo: según la agencia EFE, Carmen Pereira, la delegada del Gobierno en Extremadura, ha afirmado que “la ciudadanía debe estar tranquila porque el crimen no es obra de una banda organizada”. Se refiere, claro, al reciente doble asesinato cometido en Cáceres, conocido ya como el crimen de Montesol, en el que murió un matrimonio en su propio hogar a resultas de una tremenda paliza. Según informan los medios de comunicación, los asesinos podrían haber sido dos empleados de la familia: la asistente y el chófer, que pasaba por ser el hombre de confianza del matrimonio. (Mientras escribo estas líneas, ambos están detenidos como sospechosos).
Pues bien, de confirmarse que estas dos personas –al parecer toxicómanos– son los autores del asesinato –por ahora nada es seguro–, me pregunto por qué podría ser un alivio para la ciudadanía que la matanza fuera obra suya y no de una banda organizada. Desde luego, a los familiares de las víctimas les dará igual: les han arrebatado brutalmente a dos seres queridos al margen de quien haya sido la mano ejecutora. Además, los dos acusados –insisto: en caso de que hayan sido ellos los asesinos– se habrían organizado sin problemas para cometer el crimen, demostrando que en ocasiones dos miembros son suficientes para formar una banda no solo organizada sino además letal.
Pero es que, por otra parte, para quienes no teníamos relación con las víctimas, que hayan sido dos personas del servicio doméstico las que han acabado con esas vidas no debería ser ningún consuelo. Puestos a elegir entre la peste o el cólera, yo consideraría menos preocupante que hubieran sido miembros de una banda organizada, de los que solo tenemos constancia por la prensa, los documentales televisivos o las películas de Scorsese. Sin embargo, las figuras del chófer y la asistenta nos resultan preocupantemente más cercanas. Nuestro subconsciente nos envía este mensaje: cualquiera podría ser tu asesino.
Este caso viene a recordarnos con crudeza que la confianza, la vecindad y la empatía –según los familiares del chófer, este tenía en buena estima al matrimonio para el que trabajaba– pueden no ser lo que parecen a simple vista. Desde luego, es más fácil que la Policía actúe con eficacia contra el crimen organizado que contra un ciudadano de a pie (somos millones) que en principio no somos culpables de nada, aunque llevemos dentro a un asesino en potencia.
Lo diré de una vez: la traición más dura de digerir es aquella llevada a cabo por personas del entorno. Y si no que se lo pregunten a Julio César, que murió apuñalado a manos de su querido ahijado Marco Junio Bruto (“¡Tú también, hijo mío!”) mientras su rostro ensayaba una dramática expresión de sorpresa: la última expresión de su corta pero intensa vida.
(Nota: el autor de este artículo, escrito el 29 de octubre de 2008, en ningún momento da por hecho que el chófer y la asistenta sean los autores materiales del delito. Que sea el tiempo, la Policía y los tribunales quienes decidan. Se limita a opinar en base a los datos publicados por la prensa).