El albaceteño Eloy M. Cebrián no es escritor de un solo registro, y ahí está su fecunda bibliografía para ilustrar los diversos senderos narrativos que ha recorrido en los últimos años. Ha frecuentado la novela histórica (Memorias de Bucéfalo), la novela mesurada y por momentos tierna ambientada en la posguerra (Bajo la fría luz de octubre) o los relatos de ascendencia borgiana-carveriana reunidos en Las luciérnagas y 20 cuentos más, publicación comentada donde el autor comparte con el lector las claves de la creación de cada relato, gesto tan generoso como inusual en el mundo literario. Con El fotógrafo que hacía belenes (VII Premio de Novela Francisco Umbral), Cebrián se acercó al terreno del realismo sucio en un vertiginoso descenso a las cloacas de la sociedad en un intento de sacar a flote la podredumbre que muchos no quieren ver/leer.

Pero a lo mejor me equivoco y no son tantos los que optan por cerrar los ojos y los oídos, porque la que es su última novela, Los fantasmas de Edimburgo (El tercer nombre, Madrid, 2008), aun siguiendo la estela de El fotógrafo que hacía belenes, nació con buen pie, tanto que ha sido finalista en 2007 en los premios Fernando Lara (Planeta) y Herralde (Anagrama), confirmando el buen pulso del escritor manchego en los galardones literarios.

Cebrián, decía, retoma en Los fantasmas de Edimburgo el estilo crudo y contundente vertido en El fotógrafo que hacía belenes, cercano al realismo sucio o a la novela canalla, si se prefiere el término. Los fantasmas de Edimburgo es una narración extensa, de párrafos también largos, expansivos, a través de los cuales se despliega un discurso a ratos confesional y a ratos divertido –pero siempre corrosivo– sobre las malas artes del  mundo académico, que al parecer esconde sus miserias bajo la alfombra.

Lo mejor de la novela, en mi opinión, es la vitalista simbiosis de acción y reflexión cáustica que articula los capítulos. En ellos, este servidor –erróneamente, supongo– ha querido ver al autor luchando contra sus propios fantasmas emboscado en el personaje principal, Luis Miguel Ortiz, un profesor de literatura norteamericana que no conoce el consuelo desde que se inicia la novela, justo cuando se encuentra en clase declamando ante sus alumnos el poema “Nevermore” de Poe. (Creo conveniente no contar más sobre lo estrictamente argumental).

Sexo, violencia, personajes esperpénticos, trasgresión idiomática y visual y numerosas referencias culturales –cuando no librescas– son elementos fácilmente apreciables en Los fantasmas de Edimburgo, obra políticamente incorrecta y bien escrita donde Cebrián da vida a personajes y escenas que a veces se nos revelan descarnadas.

Un libro, en resumen, con gran fuste narrativo, muy ameno, al que le pondría un pero: creo que hubiera ganado puntos con cierto ejercicio de síntesis, es decir: contar lo mismo en un número menor de páginas.