lunes, 06 de octubre de 2008 6:54
Francisco Rodríguez
Historias de Ciconia (según Manuel Simón Viola)
El crítico y profesor de taller literarios Manuel Simón Viola ha publicado hoy una magnífica reseña de Historias de Ciconia en Trazos, suplemento dominical de artes, letras e ideas del diario HOY. Si escribo "magnífica reseña" no es porque en su artículo Simón Viola ensalce la calidad de la novela (que no lo hace; más bien se muestra neutral), sino por el excelente y profundo análisis que ha hecho de la arquitectura del libro.
La suya es de ese tipo de reseñas que, lejos de limitarse a contar de qué trata un libro, deja al descubierto sus cimentos para que el lector puede conocerlo mejor.
UNA HISTORIA CORAL
Con varias compilaciones de relatos publicadas hasta ahora, Francisco Rodríguez Criado (Cáceres, 1967) da el salto a la novela con “Historias de Ciconia” (2008), una novela compleja ambientada en una ciudad provinciana en que “la vida transcurre a un ritmo agradable, sin prisas pero sin pausas, aunque muchos de sus habitantes suspiran por sufrir el ajetreo de una gran ciudad”. Por las descripciones precisas de este entorno urbano resulta fácil reconocer en él la ciudad de Cáceres, la auténtica y única protagonista de una novela coral con más de cien personajes, que recuerda por la similitud en los propósitos, títulos como “La regenta” de Clarín, citada varias veces, “Manhattan Transfer” de Dos Passos, “La colmena” de Cela e incluso ciertos capítulos del “Ulises” de Joyce. Como en los casos mencionados, nos encontramos ante una trama fragmentada en numerosas secuencias agrupadas en capítulos que llevan como epígrafe los días de una semana (en realidad, ocho días, pues la acción va de un domingo al siguiente). Como es habitual en estas narraciones colectivas, siempre hay personajes que adquieren un mayor peso, pero el protagonismo corresponde al amplio grupo de seres humanos que deambulan por la ciudad y se relacionan entre sí, de ahí la reiteración de espacios públicos como plazas, paseos, estaciones de autobús o de ferrocarril, cafeterías, pubs…, en donde son posibles los encuentros casuales y es más visible la imagen de “colmena” que toda ciudad proyecta. Puesto que el propósito del autor es el reflejo de una realidad cotidiana, la trama carece de esos episodios característicos de toda narración tradicional, que suele ofrecer lo anómalo instalado en la normalidad, ofreciéndose, en cambio, como un espejo “calle abajo”, como una “epopeya” de la gente corriente. La impresión de copia directa de la realidad se acentúa con la incorporación de anotaciones como pintadas en cuartos de baño, citas de programas electorales, fragmentos del discurso de un guía turístico en la ciudad monumental, textos de un “Álbum de Nostalgias del Autor”, entradas de un blog, trozos de diálogos oídos al azar, esquelas y noticias aparecidas en los diarios… hasta contribuir a la erección de una obra construida mediante fragmentos de vidas humanas que se suceden en el tiempo sin un objetivo apreciable. Si la trama nos ofrece la vida de la ciudad en su acontecer, la novela, formalmente, se presenta como una narración en construcción, que reproduce las indecisiones del escritor (“No sabe muy bien cómo desarrollar este capítulo. Ya se le ocurrirá algo”) e incorpora sus propios reproches críticos (“Demasiadas oraciones subordinadas”), para presentarse, finalmente, como lo que es, una pura ficción. Esto es lo que descubre, como el protagonista unamuniano de Niebla, Adán Maté: todos ellos son personajes de novela, “seres de papel” (Barthes), que se esfumarán cuando concluya la novela, un destino que alcanzará también al narrador, pues “cuando esta novela termine, eso yo literario morirá también. En cierto modo soy efímero, como tú”. Aunque carece del propósito crítico del realismo social, “Historias de Ciconia” recibe de esta corriente narrativa una perceptible herencia formal, que se traduce en su estructura, como hemos dicho, pero también en la reducción temporal (podemos adivinar cómo son las restantes semanas del año en esa ciudad), en el personaje colectivo, en el predominio de espacios públicos, en una perspectiva de “lente de cámara” reacia al sicologismo (con frecuencia los personajes entran en campo sin que sepamos nada de ellos: será su comportamiento, especialmente lingüístico, el que los retrate), en la ausencia de intriga y de episodios novelescos (en honor a la verosimilitud: la realidad es antinovelesca) y en el fragmentarismo de unas secuencias que no se suceden trabadas hacia una conclusión, puesto que la realidad nunca avanza hacia un desenlace (“Si la vida del hombre no tiene un objetivo definido […] ¿por qué ha de tenerlo una novela?”). Y es que, como afirma un profesor en la novela, “El futuro de la literatura […] está en la fragmentación, en la composición híbrida, en obras hechas de pequeñas obras que reniegan de un objetivo unidireccional para volar en mil y una direcciones”.