Nadie sabe a ciencia cierta por qué en algunos momentos de nuestras vidas nos situamos al otro lado de una incómoda incógnita. Surgen las preguntas, la búsqueda de los porqués. Es, sin duda, una regresión a la infancia. De niños queremos saberlo todo, todo, todo. Averiguar qué se esconde en cada uno de los rincones de la vida. Para predecir, quizá, qué mal puede perseguirnos y, de esa manera, estar prevenidos una vez aparezca. Ya de adultos, estamos protegidos por un benefactor, un mecanismo de defensa, amigo bonachón, que nos salvaguarda una y otra vez de esos disparadores existenciales tan poco recomendables, precisamente, porque cuando llegamos a este punto todo se vuelve sombrío, deprimente; nuestra vida se nos muestra fea, cansina, innecesaria. Mejor no, mejor seguir siempre la misma dirección.
El cartero del distrito B había gozado siempre de las mieles de lo mundano; nunca le habían asaltado las dudas (que habíamos denominado “disparadores existenciales”) sobre su modus vivendi. ¿Para qué?
Pero aquella calurosa mañana de agosto se levantó tras varias horas de maldormir, de pegarse con la almohada, de sentir dolores musculares por todo el cuerpo. Su primera acción, al despertar, fue saludar al día con entusiasmo; siempre empezaba así la jornada, con el mejor de los ánimos (no olvidemos que el hombre es un animal de costumbres: habitúa a tu organismo a ser feliz, y serás dichoso por encima de cualquier contrariedad; habitúalo a ser desgraciado, y encontrarás motivos de desconsuelo hasta en el más placentero de los paraísos).
¿Y qué sucedió para que de repente, la cara ya lavada, mientras se atusaba frente al espejo su tupido y largo bigote, notase cómo un endemoniado disparador existencialista se apoderaba de él? ¿Cómo era posible que, pese a su manifiesta sencillez, se encontrase en tal situación? Él, devoto defensor del conformismo y de la monotonía, que nunca tuvo sueños difíciles de cumplir, que se daba por satisfecho con una vida cotidiana carente de pretensiones elevadas, que nunca aspiró a lo difícil, él, digo, se fustigaba ahora con el pensamiento (¿de dónde habría brotado semejante alienígena?) de no ser feliz.
En eso estaba, atusándose el bigote (espléndido bigote el suyo), en un cuarto de baño, sencillo pero limpio (como el historial de su propia vida), en casa, una mañana calurosa de agosto, escuchando una voz que se reía. Sí, se reía de él. De su falta de ambición. De su gorra de cartero. De sus pantalones de cartero. De su cara de cartero. Siempre tan atildado. Ni una arruga. Ni una mancha. Nunca un mal gesto. Sonriente. Hola doña tal, qué peinado tan bonito, me gusta su jardincito, cómo está el señor y los niños, buenas noticias, eh, un cafetito, sí sí, muchas gracias (efímera conversación entre desconocidos viajeros con destinos diferentes unidos por la eventualidad de una simple carta). Sobre esa vieja y fea bicicleta que cuida como oro en paño. El cartero feliz. Hola doña tal, qué hermosa mañana, ha dormido bien. ¿Y qué pensarían de su persona? No todo el mundo muestra tal predisposición gratuita. Hay quienes no piensan que sonreír a todas horas sea la panacea del mundo. ¿Acaso los inteligentes?
Falto de experiencia en tales digresiones, se sentó en la cama. Aturdido. Esperando. Quién sabe qué. No tenía ganas de levantarse; tampoco de volver a dormir. En eso estaba, sin saber qué rumbo tomar. Aquel maldito disparador existencialista se había cebado con él. Con el cartero del distrito B. ¿Qué mal había hecho? Cierto que no era ningún santo. Incluso recordaba alguna que otra travesura de chiquillo. Y de mayor… bueno, ya de adulto había tenido pensamientos impuros. Pero sólo pensamientos, ¡nunca había pasado de ahí!
Dio vueltas por la casa como un animal enjaulado. Quizá debería haber estudiado. Su madre se lo decía. Y su padre. Pero él, erre que erre. ¿Para qué? El servicio municipal de correos le daría un buen sueldo. Y el trabajo era agradable. Sería como un paseo. Podría comprarse una bicicleta que cuidaría con esmero. Y sonreiría al hacer su trabajo. Un trabajo bien hecho. Y hola doña tal, cómo va todo. Quizá incluso caería de vez en cuando un cafetito. Bien caliente. Con dos cucharadas de azúcar. Pero rapidito, que él era un profesional y no le gustaba zanganear. El mejor entre todos los carteros. Y si tuviese un perro lo llevaría con él cada mañana para que le sirviera de compañía. El perro del cartero. Un cartero de bigote largo y tupido y de sonrisa amplia. Pero tal vez no hubiera estado mal lo de estudiar. Los padres siempre miran por el futuro de uno. Para eso son padres.
¿Debería dar su vida un cambio radical?
Un animal enjaulado. En su propia casa. Una mañana de agosto. Sin apenas haber dormido. Con tantas y tantas cartas que a buen seguro le estarían esperando. Y hele ahí, preguntándose si debería haber estudiado. Quizá debería haber trabajado con los tíos. O haberse casado con la rolliza peluquera cuyo padre era amigo del primo de su amigo Leonardo, el que vendía las entradas en el cine Madeira. Maldito disparador. Que no le dejaba vivir. ¿Y por qué a él?
Entonces, cuando ya no comprendía nada y ni siquiera se preguntaba si había algo que comprender, se sintió un fracasado. El mejor cartero, el del distrito B, era un fracasado. ¿Lo sabrían los demás? Él no lo había notado. Pero, ¿acaso era un fracasado la persona más indicada para notar/traducir las miradas de sus congéneres? Tampoco estaba cualificado para responder a esa pregunta. Y, si una vez más había quedado demostrada que su capacidad intelectual dejaba mucho que desear, ¿por qué no se iban aquellos demonios a otra casa? A la del cura, por ejemplo. O a la del maestro. O a la del señor Serafín, hombre muy leído que hablaba de Tolstoi y Cervantes como si hubiese jugado con ellos a las canicas. ¡Ellos sí que era buenos retóricos! Vaya, se dijo, las enfermedades le llegan a cualquiera. Sin avisar. ¡Menudas!
El final de aquella escena de aturdimiento se le servirá en bandeja al lector, tal como sucedió (el narrador de este suceso opta una vez más por no inventar). Hay que ajustarse a la realidad, nada que nos distraiga de lo que realmente aconteció. ¿Y qué fue? Pues, bien, nuestro hombre, de repente, escuchó una voz femenina, grave, enfática. Que qué demonios hacía, que era la hora de irse si no quería llegar tarde. ¿Tarde? ¿Debería acaso trabajar aquella mañana teniendo en cuenta las circunstancias? ¿Otra vez la misma rutina…? Con su traje bien limpio, impecablemente planchado, el gesto sonriente, montado como un adonis en su bicicleta, acompañado de su perro, ese perro al que desde chico enseñó todo lo que había de saber el perro de un cartero, y hola qué tal, bonita mañana, ¿un cafetito?, vaya, por qué no, pero rapidito, total, unos minutos, que llevo prisa, y bla bla bla…
Un mañana calurosa de agosto.
Raudo se puso su traje de cartero. Sus zapatos. Se atusó de nuevo el bigote. Se peinó. Se caló la gorra. Bajó las escaleras. Ya, ya, es tarde, me he quedado dormido, no pasa nada. Y una sonrisa. De cartero. Del mejor cartero del distrito B. En su bicicleta. Dispuesto a desempeñar su trabajo. La sonrisa renovada de un hombre que ha dormido poco y mal. Hola hola, qué tal.
Cada vez más difusamente, a lo lejos, se escucha el ladrido profundo de un perro, atado a su caseta, sin posibilidad de hacer lo que más le gusta (que es exactamente lo mismo que le gusta a su dueño). Y éste, muy orondo, sonríe consciente de que su vida ya ha empezado a experimentar un cambio radical.
Francisco Rodríguez Criado
(Este relato está incluido en el libro Sopa de pescado).
Francisco Rodríguez Criado
(Este relato está incluido en el libro Sopa de pescado).