Dicen que la muerte es sólo otro paso más en el trayecto de la vida. No recuerdo si esa consigna me la transmitieron los franciscanos durante mi educación escolar o si la he leído en el manual de filosofía que calza la mesa de mi cocina. Tampoco podría asegurar si estoy de acuerdo o no con ese aserto, mi condición de empirista no me permite opinar sin el filtro de la experiencia. Me gusta escribir sobre la muerte precisamente porque nadie puede darme o quitarme la razón; no con argumentos sólidos, al menos. Pero a la muerte hay que observarla siempre en el horizonte, apreciar su grandeza desde la distancia como apreciamos una puesta de sol o los repliegues de la Luna.

El tanatorio es una agencia de viajes que sólo vende billetes de ida, una suerte de museo de fantasmas cuyo perfume a madera de caoba nos recuerda a la Naturaleza en bruto. Se lo recomiendo a quienes aprecian los bosques pero no pueden frecuentarlos porque padecen alergia al polen. Del tanatorio de mi ciudad me gustan sobre todo el café y la charla de Bubi, el camarero, siempre dispuesto a ponerme al corriente de los últimos fallecimientos. Un tipo con tanta psicología que, sin haber visto jamás al finado, es capaz de describirlo por el comportamiento de sus familiares cuando piden las consumiciones. Tomar un café en la cafetería de un tanatorio es casi frecuentar la sala de ocio del cielo. O del infierno. Es brindar por la vida y la muerte al tiempo que comentas los resultados de la última jornada de fútbol.

Pero a veces no es la búsqueda del placer lo que me conduce al tanatorio. Ayer fue enterrado un hombre con el que me une –unía– cierto parentesco. El buen hombre había subido el día anterior a una terraza desde la que se apreciaba una hermosa vista del casco antiguo; desde allí, sin pensárselo dos veces, saltó al vacío. Era domingo, nueve y media de la noche, el restaurante estaba cerrado y no había nadie arriba que pudiera atestiguar los detalles de su última acción. Sólo llevaba puesto el pijama y un reloj en la mano izquierda que ha dejado de funcionar para siempre.

A la salida, después de la misa, los asistentes al entierro nos fuimos directamente a casa. Mejor, así no le dimos la oportunidad a mi querido camarero de averiguar si somos unos bribones o unos santos. Sentado al ordenador desde el que escribo mis habituales crónicas de la muerte, me paré a reflexionar sobre el asunto y llegué a la conclusión de que antes de saltar al vacío es mejor pensárselo tres veces. O cinco, si es necesario. Soy un tipo clásico para estas cosas y sigo pensando que las terrazas con vistas a épocas pasadas constituyen un marco maravilloso donde perpetuar la vida, no donde ponerle fin. En mi adolescencia mis padres tuvieron que llevarme varias veces a un loquero de Salamanca. Lo primero que hacía el doctor era tomarme el pulso. Nunca lo encontraba. “Su hijo, para estar muerto, tiene buen aspecto”, sentenciaba siempre a mis compungidos padres. Esa muerte prematura –tendría diecisiete años la primera vez que bajé a los abismos– me ha ayudado a apreciar la vida en su justa medida. El vértigo y un escepticismo innato me han hecho comprender que es mejor saltar al vacío poco a poco, sin prisas pero sin pausas, incorporar esta caída en picado a tu cotidianidad de la misma forma que bajas la basura al contenedor de la esquina o telefoneas al restaurante “Pekín” para pedir pollo al curry y arroz tres delicias. Pactar con los malos pensamientos es más rentable que atragantarse de altura y desesperación en una única dosis letal. Ese último adiós en pijama y el sufrimiento que ha arrastrado consigo son la prueba de que lo último que debe hacer un cadáver en vida es colgar THE END a su existencia a golpes de acera. Uno debería mantener el reloj en la muñeca hasta que se le gasten las pilas.

Y sonreír o llorar mientras llega ese momento.

(Este texto forma parte del libro Textamentos, publicado en 2004 por la editorial Alcancía.)

Francisco Rodríguez Criado