Alberto abrió la puerta: la ropa amontonada en el suelo, la cama deshecha, los platos sucios en el fregadero...

Sonó el teléfono. Descolgó el auricular y escuchó aquella voz sumido en un inevitable silencio. Por fin dijo adiós, yo también, y se dejó caer en el sofá. Segundos después tomó entre sus manos el portarretratos que estaba sobre la mesita de cristal. El sonido de la calle se colaba por la ventana del salón. Era verano.

No le había afectado la llamada. No, claro que no. Se puso en pie y encendió el televisor. Abrió el frigorífico y cogió una cerveza. Regresó al salón. Esta vez, no.

(¿Pero por qué habría llamado después de tanto tiempo? Al menos valió para comprobar que ya no le daba miedo escuchar su voz.)

Y a continuación regó la cama, fregó la comida y planchó los platos.

 

(Este relato está incluido en el libro Siete minutos)

Francisco Rodríguez Criado