Una vez me encontré en el suelo un billete de mil pesetas. A decir verdad, no era un billete de mil, sino la mitad de uno de dos mil. Un papel sin valor; no obstante, lo guardé en mi bolsillo.
Me movía entonces como una hormiga por los oscuros callejones de la vida: errabundo, hastiado, sin ilusiones. Pasaba el tiempo, mi tiempo.
Y en uno de aquellos callejones, en el interior de una maltratada papelera, apareció otro día la mitad de mi billete. No tuve la menor duda. Sumé: dos mil. Fue fácil.
Me acerqué a la Estación de Autobuses de mi ciudad y pedí un billete para el Paraíso. La chica de la taquilla se dirigió hacia una estantería a sus espaldas y abrió una pequeña caja llena de polvo. De allí sacó aquel impreso, también cubierto de polvo. Cuando lo tuve entre mis dedos, pregunté su precio. Dos mil pesetas, dijo ella.
Hace ya tiempo de aquello, y no lo habría vuelto a recordar si no fuera porque ayer tropecé con la mitad de un billete de dos mil. Es curioso, aquí en el Paraíso las calles también están sucias, y hay cientos de vagabundos que se arrastran por ellas, muertos en cada esquina, alguien que dispara misiles tierra-aire... Me guardé aquel pedazo de papel en el bolsillo.
Ahora estoy cansado y apenas me tengo en pie, pero he decidido salir cada mañana en busca de la otra mitad. Y si algún día la encuentro, iré a la estación de autobuses, dispuesto a emprender un nuevo viaje. Así, sentado junto a la ventanilla, podré contemplar kilómetros y kilómetros de silenciosa carretera que no lleva a ninguna parte.