miércoles, 05 de marzo de 2008 6:46
Francisco Rodríguez
Cuento 13: Muertos en vida
Amigo P.:
Me han dicho que te has comprado un piso y una motocicleta, has engordado media docena de arrobas y te has casado con la dueña de la peluquería en la que trabajabas. Ignoro si es cierta esta información o si es sólo un bulo alimentado por el hastío y la influencia de alguna película de culto francesa.
Yo estoy bien, tengo dos hernias discales que antes no tenía, he de ingresar un día de estos en el quirófano para que me operen un "insignificante" pólipo en la garganta, y he conocido a una mujer que remienda mis calcetines cuando no está ocupada escribiendo versos alejandrinos a la luz de las estrellas.
Son otros tiempos, viejo amigo. Nada que ver con aquella época en la que salíamos cada noche a boxear con nuestra propia sombra. Eran noches oscuras, no como las de ahora. Noches en las que nos esforzábamos en no ser nadie para ganarnos el respeto de nuestros muchachos, esos héroes del asfalto que abordaban las calles después de la cena, siempre febriles a la busca de los labios de una dama o, en su defecto, de los labios de una botella de cerveza. Pero, bien mirado, de nada les han servido tantos esfuerzos, acabaron como todos: muertos en vida antes del berrido de la campana. Han aprendido que la autodestrucción, como la venganza, hay que servirla fría. ¡Por Dios!, si ahora se echan a temblar en cuanto se hacen un rasguño al afeitarse. Al final han decidido dejarse crecer la barba durante una semana para que, con algo de suerte, cuaje una de cuatro días.
Tú lo hiciste bien, compañero, bajaste los brazos antes de que nadie pudiera tacharte de idealista. Partías con ventaja: en el fondo nunca fuiste joven y si hiciste de tu vida un naufragio fue más que nada para poder huir a nado de nuestra isla de proscritos.
En fin, no sé por qué hoy escribo “noche", "hastío", "autodestrucción" o "idealista", palabras que había borrado de mi diccionario. Sé que en el pasado estuvieron ahí, flotando sobre nuestras cabezas como gatos aburridos que rondan los tejados y maúllan a la luna con emoción acartonada.
Te dejo, que es tarde y llega la hora de rendirme bajo las sábanas. Si te ha llegado esta carta dime si tú también sientes el nudo de la nostalgia, si has hecho las paces contigo mismo o si por el contrario todavía te debes algo. Pero, sobre todo, dime: ¿qué hay de ese asunto con la peluquera?
Francisco Rodríguez Criado
(Este texto pertenece al libro Textamentos, que se puede descargar gratuitamente aquí).