viernes, 11 de enero de 2008 10:39
Francisco Rodríguez
Diario de la contradicción (Fragmentos de enero de 2004)
Hace un momento, mientras fregaba la loza (me sigue encantando esta expresión tan doméstica), he sentido el deseo de releer algunos fragmentos de mis diarios. Como no tengo sueño, aprovecho la ocasión para colgar en este blog tres entradas del Diario de la contradicción, escritas en 2004, en una época en la que yo trabaja en la recepción de un hostal en horario nocturno (de doce de la noche a ocho de la mañana). Cierto que aquel trabajo estaba minando mi salud, pero por otra parte era un lugar que no dejaba de ofrecer un buen material literario.
Iré dejando de vez en cuando fragmentos de estos diarios. Así el lector podrá leer las impresiones del tipo que fui, y yo podré rememorar las impresiones del tipo que -para bien o para mal- ya nunca volveré a ser.
Cáceres, 11 de enero de 2008, 2:09
10 de enero
Rosa, la encargada de hacer la limpieza en el hostal, me cuenta los últimos acontecimientos. Durante mis vacaciones hubo un altercado con una mujer negra, extranjera (Rosa no ha sabido precisar de qué país). Al parecer el jefe necesitaba entrar en su habitación para encender una de las calderas, que abastece no sólo a esa habitación sino a cuatro o cinco más. La mujer no quiso abrir la puerta: “estaba ocupada”. Horas después el jefe volvió a intentarlo. La mujer, ante la insistencia, se dignó abrir la puerta. Estaba desnuda (¡) y algo alterada. Entre farragosos párrafos Rosa adelanta detalles: la mujer estaba en plena sesión de espiritismo. O brujería, si se prefiere, porque tenía consigo la fotografía de dos hombres a los que, cabe pensar, estaba echando un mal de ojo. Había velas encendidas en la bañera (no sé si llena de agua o no, ahora hay velas que flotan). Con las velas había quemado una de las sillas, en la que se aprecia ahora dos bandas anchas que forman una cruz negra. Mi jefe le dijo que a la mañana siguiente debería abandonar el hostal y pagarle el importe de la silla. A la mañana siguiente la cliente abandonó el hostal, pero escurrió el bulto sin abonar los desperfectos y, por si fuera poco, dejando una abultada cuenta telefónica también sin pagar.
No creo que mi jefe se atreva a denunciarla. Algo me dice que le asusta ser víctima de un mal de ojo y acabar como la silla, es decir: amarrado a una cruz.
13 de enero de 2004
Me llaman la atención esas novelas decimonónicas rusas en las que el narrador cita situaciones o personajes de autores contemporáneos. En Extraña confesión, de Chéjov, el asunto va más allá y es Nadejda Nicolaevna, uno de los personajes, quien dice al hombre al que ama:
–Si alguien nos escuchara, pensaría que me arrojo en brazos de los hombres como Tatiana de Puschin.
Y más adelante, cuando llega la hora del juicio, el abogado, tratando de suavizar la conducta de su defendido (acusado del asesinato de su mujer) recurre al Otelo de Shakespeare para ilustrar la fuerza irracional de los celos.
¡Ay qué Rusia aquella, la del siglo XIX, en la que hasta los personajes de novela leían novelas para estar al tanto de lo que hacían personajes de otras novelas!
16 de enero
Me sigue fascinando la capacidad narrativa de algunas personas. Prefiero los apasionados gacetilleros de la vida cotidiana a los muebles hieráticos que se comportan como si nunca tuvieran nada que contar. Rosa pertenece sin duda al primer grupo.
Me relataba esta mañana que ayer pasaron un mal rato, ella y Bego, su compañera de trabajo. Yo había alquilado la noche anterior una habitación a dos individuos sospechosos. Pues bien, una vez me hube marchado a casa telefoneó la policía para preguntar si uno de ellos seguía hospedado en el hostal. (Tenemos por costumbre enviar cada noche un fax a la comisaría local con los datos de todos los clientes.) Sí, allí seguía el tipo en cuestión. Eso fue suficiente para que Rosa y Begoña avivaran su imaginación. Ya pensaban lo peor. Al poco bajaron los dos inquilinos para abandonar la habitación. Justo en ese instante aparcaba frente al hostal el coche oficial de la policía.
-Ya se han ido. Ahora mismo. Acabo de tomarle la matrícula. Seguro que se ha cruzado con ellos.
El policía, sin dar explicaciones, se marchó a la caza y captura.
No mucho después volvió al hostal para explicar que a uno de ellos se le buscaba porque tenía cuentas pendientes con la Justicia. Conozco de vista al individuo en cuestión. No creo que sus deudas con la ley vayan más allá de alguna multa sin pagar o, como mucho, algún pequeño hurto. Lástima, ellas ya creían haber cooperado para desmantelar a toda una red terrorista.
-Deberíamos tener un plus de peligrosidad. Aquí pasa cada cosa –se queja Rosa.
El policía sonríe. Qué le van a contar a él.
Rosa aprovecha la ocasión para ponerle al corriente del asunto de la negra espiritista. El policía la conocía, claro: “Hace dos días la deportamos a Brasil. A ella y a una compañera”. Rosa sigue profundizando en detalles (estas pequeñas anécdotas son las que ponen la nota de color en su trabajo) mientras yo me detengo a cavilar sobre la accidentada (y breve, supongo) estancia de la brasileña de color en nuestro país. Si en apenas las doce horas que estuvo en el hostal dejó como secuelas una factura abultada de teléfono sin pagar, una silla marcada con una cruz negra a hierro candente y un halo de esoterismo, ¿qué no haría en un año?
A la una de la tarde, consulta con mi médico de cabecera. Me ha auscultado el pecho y la espalda. Cree que quizá tenga apnea del sueño. Me ha dado cita para el neumólogo. ¿Neumólogo? Supongo que será una rama de la medicina parecida a la neurología, psicología, o psiquiatría. Me hago una idea de las preguntas a las que tendré que responder: ¿Está casado, tiene hijos?, ¿hay algo que le preocupe últimamente?, ¿duerme bien?, ¿dónde trabaja?, ¿tiene tendencia a variar de peso?, ¿se encuentra cansado en su vida cotidiana?
Podrían preguntar directamente al paciente si es feliz, que es al fin y al cabo el objetivo solapado de estos interrogatorios. Las consultas serían mucho más ágiles y, por tanto, se reducirían las listas de esperas, con el consiguiente ahorro para la Seguridad Social. Pero, claro, a ver quién responde con sinceridad a un tipo –por lo general apático– que se pasa todo el día garabateando con letra ilegible recetas que nunca logran curarnos nuestras más profundas frustraciones...