Javier Marías

 

Resulta paradójico que en ocasiones las voces más críticas ante las nuevas expresiones artísticas procedan de quienes dicen defender la cultura.

Entraré en materia: el diario El País publicó el 25 de mayo de 2007 un artículo de Javier Marías titulado, en homenaje a Antonio Machado, “O que yo pueda asesinar un día en mi alma” en el que el famoso escritor se quejaba de la sobreexplotación en diarios, revistas, canales de televisión, etcétera, de citas literarias, piezas musicales, fragmentos de diálogos de películas –aquí iría otro etcétera– harto populares con que el ciudadano es bombardeado una y otra vez en detrimento de guiños culturales menos manidos. Y para redondear su letanía de quejas dejaba una perla sobre el microrrelato en el primer párrafo de su texto, que reproduzco literalmente: "No digamos ya con los textos inanes que sin embargo hacen fortuna, como el ya insoportable cuentecillo del dinosaurio de Monterroso, que encima ha dado lugar a toda una corriente imitativa aún más insoportable, la de los llamados "microrrelatos" o algo así, con los que muchos escritores chistosos se sienten ufanos y cómodos".  

Me consta que esta referencia despectiva hacia el género del microrrelato no ha calado bien en los escritores que lo cultivan, ya sean profesionales o aficionados,  y tampoco en los críticos que dedican su tiempo y esfuerzo a reformular las coordenadas de esta joven modalidad de narrativa breve. Lo entiendo perfectamente: la colleja “escritores chistosos” unido al capón “se sienten ufanos y cómodos” escuece demasiado a estos cultores del microrrelato, que por motivos innecesarios de explicar aspiran a ser tenidos en mejor consideración.

Va siendo hora de confesar, yo mismo autor de microrrelatos, que el artículo de marras no ha conseguido molestarme, y si me apuran hasta percibo como positivo que un escritor de éxito como Marías se digne citar en un medio de gran difusión a ese pariente pobre de la literatura moderna que es el microrrelato… aunque sea para derrochar mala tinta contra él. (Qué remedio: al perro flaco todo se le vuelven pulgas). Y diré más en sintonía con Marías: soy de la opinión de que el microrrelato se está convirtiendo con demasiada frecuencia en una herramienta dañina en mano de “escritores chistosos” (yo incluso eliminaría la palabra “escritores”) sin más armas narrativas que el elemento humorístico y que, peor aún, escriben en contra de la tradición cuentística precisamente porque no han tenido a bien estudiarla.

¿Alguna otra confesión? Sí. He sido uno de esos –como muchos otros– que en alguna ocasión ha rescatado al todoterreno dinosaurio de Augusto Monterroso (el cuerpo íntegro del cuento es: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”) para rematar una corrida narrativa. En mi caso, lo hice más como homenaje a Monterroso, maestro indiscutible en las distancias cortas, que al citado cuento, en mi opinión sobrevalorado. Además, creo que adentrarse en el género del microrrelato por la puerta del dinosaurio es desaconsejable, porque incita a la confusión y puede defraudar a potenciales lectores.

Y hasta aquí mi empatía con el artículo de Javier Marías.

Llega pues la hora de las discrepancias. Y es que, aun coincidiendo en parte con lo que el escritor madrileño ha escrito sobre el microrrelato, me siento en la obligación de afearle lo que no ha escrito sobre él. Mucho me temo que tampoco estaba en disposición de hacerlo. Hablamos de un género casi de nuevo cuño (al menos en España) que, intuyo, es más o menos desconocido para Marías, quien además se atreve a despreciarlo desde el momento en que lo cita. Recordemos sus palabras: “el micorrelato, o algo así”. Es como si dijéramos que lo que escribe Marías son “novelas, o algo así”.

En fin, el articulista de El País podría haber escrito muchas cosas sobre el microrrelato. Por ejemplo: que, más allá del trillado dinosaurio, Monterroso es autor de numerosas piezas magistrales, brevísimas, merecedoras de un hueco de honor en los anales de la literatura del siglo XX. Podría haber escrito que hay microrrelatos donde la gracia no asoma bajo ningún concepto (leer los de Itsván Örkeny sobre los campos de concentración: “In memoriam doctor K.H.G” y “Hogar”, por ejemplo); piezas de Eduardo Galeano sobre la pobreza y la soledad (“Nochebuena”); efusiones mito-eróticas de Marco Denevi (El jardín de las delicias); reescrituras históricas (Falsificaciones, también de Denevi); lecciones espirituales del rabino Nachman de Bratislava o de Khalil Gibran; prosas filosóficas de Eugenio D´Ors (Cuentos filosóficos); juegos surrealistas de Slavomir Mrozek; o los laberintos atigrados y meditativos de Borges. Y, sin salir de nuestro país, algo podría decirse sobre los sarcásticos crímenes ejemplares de Max Aub, la mirada desenfocada a la realidad de Quim Monzó, la indagación metaliteraria de José María Merino o los articuentos de Juan José Millás en los que el también columnista de El País funde periodismo (artículo) y narración (cuento) con objeto de desacralizar los fantasmas del día a día. Por no hablar de los microrrelatos de gran calidad y temática diversa que ahora mismo, mientras garabateo estas líneas, estarán escribiendo artistas de la pluma que trabajan desde el anonimato. Posiblemente alguno de ellos vive incluso en el mismo barrio que Marías.

(¿Habré de seguir despejando el terreno?).

 

                                Augusto Monterroso

 

En el microrrelato hay vida, mucha vida, más allá de su carácter risógeno, que lo tiene (por suerte). Los que asocian el microrrelato como subsidiario del  humor –cuando no de su hermano bastardo el chiste–, tomando así el todo por la parte, son precisamente aquellos que desconocen las variantes de este género breve, sus matices, sus tonalidades, sus diversos objetivos, su razón de ser. En resumen: desconocen la grandeza de su pequeñez. Estos lectores, por desconocimiento, vienen a ser como esos turistas apasionados de lo cultural pero apáticos ante la verdadera cultura, esos que asocian al español con los toros y las sevillanas y nunca han leído a Galdós ni han analizado un cuadro de Goya, y ni ganas que tienen de hacerlo.

Si algo debemos echarle en cara a Javier Marías no es que arremetiera contra el género del microrrelato (el crecimiento de los géneros literarios, como el del ser humano, no se entendería sin ciertos reproches), sino que lo hiciera como uno de estos turistas, frívolos cazadores de souvenirs, que disparan sus cámaras fotográficas sin bajarse del autobús.

Pero no hagamos drama. Ningún género resulta herido –ni siquiera levemente– cuando quien trata de hacerlo, por muy ilustre que sea –o crea serlo–, dispara con balas de fogueo.

  

 

   

Francisco Rodríguez Criado es escritor y profesor de talleres literarios  

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La imagen de Javier Marías pertenece a su web oficial. La de Augusto Monterroso es ha sido tomada de la web del suplemento cultural La jornada de en medio

 

 

 

Voy a dedicar los próximos 90 días a una tarea ineludible: registrar mi casa palmo a palmo como si se tratara de la escena del crimen de una novela de Agatha Christie. Nadie ha sido asesinado en ella, pero resulta que he perdido un décimo de lotería que mis padres me regalaron el pasado verano, y que, en castigo a mi habitual desorden, está premiado con 120 euros. O mejor dicho: estaría premiado si consiguiera encontrarlo.

120 euros es poca cantidad para tanto trabajo, así que ahora no tengo muy claro si persigo el décimo por el dinero en sí o simplemente por tener un objetivo al que entregarme en los ratos libres. En cualquier caso, he buscado y buscado sin éxito: en los cajones de los armarios, en los cajones de la mesa del ordenador, en los de los muebles de la cocina, en los del armario del pasillo, en los cajones de la mesita de noche… Nada.  

Pero resulta que tratando de llegar a las Indias he descubierto las Américas. Y es que esos cajones, depósitos de trastos a los que apenas presto atención, se me están revelando como elocuentes archivos de mi reciente memoria personal. Me he topado con todo tipo de objetos: las escrituras de este piso –firmadas horas después de los atentados de las Torres Gemelas–, la alfombrilla del ratón del viejo ordenador, el osito de peluche que me regaló Paola el día en que me hospitalizaron, el álbum de fotografías de mi viaje a la República Dominicana, la última nómina que cobré, la penúltima multa de tráfico, una felicitación de cumpleaños, un DVD de Tarzán

O sea que en estos cajones está todo lo que pueda uno imaginar. Todo menos el puñetero décimo de lotería.

 

 

Francisco Rodríguez Criado

  

(Textamento publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 31 de diciembre de 2008).

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[Nota de prensa tomada de  Extremadura 24 horas]

 
Extremadura, 27/12/08. La escritora Rosa María López Casero presenta este domingo, día 28, en Torrejoncillo (Cáceres) su ópera prima en la narrativa literaria titulada La nueva Caperucita, publicado por la editorial El País Literario.

La nueva Caperucita es una compilación de 57 microrrelatos con ilustraciones de Antonio Luque y diseño de Oscar Ferreira, en los que la autora aborda asuntos tan diversos como la propia vida, y en donde el ser humano es el auténtico protagonista, sin importar la edad, el sexo, la formación o la condición.

La presentación tendrá lugar a partir de las 20,30 horas en la Casa de Cultura de Torrejoncillo e intervendrá el director de la editorial extremeña El País Literario, Francisco de Borja Gutiérrez, y la propia autora, Rosa María López Casero, quien leerá varios microrrelatos de 'La nueva Caperucita'.

Rosa María López Casero vive actualmente en Coria, dedicándose preferentemente a la escritura. Ha publicado cuentos, poemas y adaptaciones de clásicos con la Editorial Everest en donde también ha sido coordinadora, autora y coautora de diversos proyectos educativos desde 1985.En la actualidad, colabora en diversos medios de comunicación, entre ellos Extremadura 24 Horas  y revistas.

 

 

 

 

Cira, la mascota de mi sobrino Flavio, os desea Felices Fiestas.

Cira es un bulldog francés de un año y sin lugar a dudas es uno de los perros más inteligentes que he conocido nunca.

 

 

 

 

 

Una chica que ha leído en Internet algunos de mis escritos me pregunta en un correo electrónico si soy de esos que odian la Navidad. Por el tono de su pregunta intuyo que, en su opinión, alguien de mis características –no entraré en detalles– debe de odiar por definición la Navidad. No es así. Con el paso de los años he aprendido a controlar mis filias y mis fobias, y de ahí que no conceda demasiada importancia a determinadas fechas, ni siquiera a estas (siempre y cuando tenga la oportunidad de sortear sus inconvenientes). Durante mucho tiempo las Navidades –entonces eran tan terribles que se hacía necesario citarlas en plural– significaron para mí la época más dura del año. Tenía que trabajar a destajo en el oficio de turno, con lo cual el objetivo primordial no era celebrar el Nacimiento del Niño, sino sobrevivir a él.

Sin embargo, hoy día no albergo sentimientos negativos hacia estas fiestas, precisamente porque no perturban mi circunstancia. Parto con la ventaja de que trabajo en casa (y en lo que me gusta). Además, a estas alturas no tengo que labrarme una biografía de joven achispado que ha de aguantar el cotillón de Nochevieja hasta que suene la campana. Exepto casos puntuales, mis ocupaciones durante estas semanas no difieren demasiado del resto del año. Leo, escribo, escucho música, preparo los próximos talleres de escritura creativa, paseo, veo películas, despejo las telarañas de mi futuro... En fin: sigo siendo el mismo cafre de siempre.

Siento decepcionar a esta lectora: soy uno de esos afortunados que pueden permitirse el lujo de sobrellevar los fastos navideños sin caer en el desaliento.

 

Francisco Rodríguez Criado

  

 (Textamento publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 24 de diciembre de 2008).

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                             Fotografía: Maite Rodríguez

 

 

 

Una cosa lleva a la otra. Hace unos días le escribí un par de líneas al crítico literario Fernando Valls para agradecerle el espacio que me había dedicado en su antología Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español y él aprovechó la oportunidad para preguntarme si quería enviarle un par de microrrelatos inéditos, textos que desde hoy pueden leerse en su blog La nave de los locos, donde publican, como indica el propio Valls, "los mejores cultivadores del género".

En fin, que me siento feliz de compartir mesa-camilla con autores como Cristina Peri Rossi, Hipólito G. Navarro, Andrés Newman, Rafael Pérez Estrada, González Suárez, Pedro Ugarte, Óscar Sipán, José de la Colina, Luis Mateo Díez, José María Merino, Mario Benedetti, David Lagmanovich, Carlos Castán, etcétera.

 

Dejo aquí los dos microrrelatos, "Las muertes de Wilbur Wagner" y "Naufragio", que pueden leerse también en La nave de los locos (enlace directo).

 

 

LAS MUERTES DE WILBOR WAGNER

 

¿Qué pasaría si alguien llama a la puerta de tu casa y resulta que la persona que llama desde el exterior eres tú, que estás dentro? Eso fue lo que le pasó a Wilbor Wagner una gélida noche de invierno de 1898, en Juneau, en el estado de Alaska. Estaba en bata en el cálido salón de su casa, sentado gozoso en la mecedora mientras afilaba sus cuchillos de caza, cuando sintió que alguien llamaba a la puerta. Al abrir, como se ha dicho ya, Wilbor descubrió que era él, el propio Wilbor, quien estaba en el umbral, tiritando, precariamente vestido, con restos de nieve sobre los hombros, los viejos zapatos y el gorro de piel. Su desconsolado abrigo presentaba tantos agujeros como un queso de Gruyére; era como si el fiero viento de los últimos días se lo hubiera comido a dentelladas. Seguramente uno de esos buscadores de oro, un fracasado, pensó Wilbor de Wilbor al tiempo que el segundo se frotaba las manos avejentadas por el frío en un intento de entrar en calor.

Wilbor, incorregible egoísta, denegó al pobre Wilbor la menor hospitalidad aun a sabiendas de que eran la misma persona. Por más que insistió el humilde Wilbor en que le permitiera pasar la noche bajo techo, o que al menos le diera un tazón de caldo caliente que echarse al estómago, el altanero y cicatero Wilbor se negó en rotundo. Después de despacharle sin el menor miramiento –lo hizo con energía pero con suma tranquilidad, ni siquiera se sacó las manos de los bolsillos de la bata–, Wilbor regresó a su mecedora mientras Wilbor, la cabeza gacha y el hatillo a la espalda, enfilaba el camino de El Sendero de los Ciervos en dirección a la iglesia de San Miguel. Allí a lo mejor podrían socorrerle. No tuvo suerte: minutos después, Wilbor caía exhausto y aterido sobre la nieve para no levantarse nunca jamás. Alguien que pasaba por la zona, al ver el cadáver, se hizo una señal en la frente en forma de cruz y siguió su camino.

Cuando la asistenta regresó a la mañana siguiente a la casa de Wilbor Wagner, encontró a su patrón muerto en la alfombra del cálido salón. El doctor Joel Fleischman dictaminó que el señor Wilbor Wagner había muerto de frío junto a la chimenea encendida.

   

NAUFRAGIO

 

Después de pasar toda la noche braceando en las frías aguas del Atlántico, llegó exhausto a la orilla justo cuando empezaban a clarear las primeras luces de la mañana. Exhausto, se arrojó sobre la arena y, palpando tierra seca, se echó a llorar de rabia y alegría: sabía que estaba a salvo. Cuando se giró para maldecir a ese desaprensivo océano que había tratado de acabar con su vida, vio que allí no había agua sino un inhóspito e interminable desierto. ¡Un desierto! El náufrago se echó a llorar de nuevo. Pero de repente vislumbró a lo lejos un reluciente oasis. Venciendo al cansancio, empezó a correr en dirección hacia el oasis. El suelo, duro y agreste, lastimaba sus pies desnudos. Loco de emoción –el objetivo estaba cada vez más cerca–, el náufrago recobró la creencia de que la felicidad es posible. Aquel pensamiento no duró demasiado, porque a pocos metros de alcanzar el oasis el desierto se cubrió nuevamente con las frías aguas del Atlántico. Su vida volvía a correr peligro.

Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para bracear por segunda vez hasta ganar la orilla. Afortunadamente, en esta ocasión las olas jugaban a su favor. Y también por segunda vez alcanzó la arena, tumbándose sobre ella, más exhausto aun si cabe, ahora con más rabia que alegría, prometiéndose no abrir los ojos bajo ningún concepto. Y en esa posición hubiera estado un día entero de no ser porque su mujer entró en la habitación, vistiendo un raída bata de color fucsia, los rulos en la cabeza y los brazos en jarras, para preguntarle, airada, si tenía pensado quedarse toda la mañana del domingo en la cama, o si por el contrario iba a levantarse de una vez para ayudarle en las tareas domésticas.

El hombre, incapaz de seguir escuchando la voz agreste de su malhumorada esposa, por la que ya no sentía sino hastío, se tapó los oídos y hundió el rostro en la vivificante arena.

  Francisco Rodríguez Criado  

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            Nunca me ha tentado demasiado el suicidio, aunque en alguna ocasión hubiera preferido no estar vivo. Pero entre desear la muerte y agenciártela por tus propios medios hay un abismo, y nunca mejor dicho.

Se ha escrito mucha literatura sobre el tema, elegante en las formas aunque poco convincente en el trasfondo. (Es evidente que a los autores les sobra calidad de prosa pero les falta experiencia). Yo todo lo que sé sobre el suicidio lo he aprendido de mi amigo Ramón, que se cortó las venas porque tenía dos amantes. Como su mujer nunca se quejaba del perfume desconocido con que éste embriagaba la habitación conyugal cuando llegaba tarde a casa, decidió abrirse las muñecas. “Si yo tengo dos amantes y ella calla... imagina cuántos hombres meterá en nuestra cama mientras estoy en la oficina”. Esta deducción –o más bien inducción– seguía las pautas de cierto cuento picaresco de ciegos y racimos de uvas del que sus amigos iletrados nunca habíamos escuchado hablar. Pero se equivocaba al cien por cien: ni ella le era infiel ni él trabajaba en una oficina.

Nuestro amigo Ramón, decía, nos lo enseñó todo sobre el suicidio. Se había convertido en un erudito. “Uno de los mayores problemas de estar muerto –se quejaba–, es que ya no puedes suicidarte.” Pero como le había pillado el gusto seguía intentándolo una y otra vez por si hacían excepciones. “El secreto está en morir lentamente, despedirte sin prisas de lo que dejas atrás a la vez que saboreas lo que está por venir”, recetaba. Pero la frontera entre un estado y otro es tan delgada que apenas pudo percibirlo. No tenemos muy claro si estará satisfecho con el resultado final, en nuestra opinión lo único que ha conseguido con semejante hazaña ha sido captar la morbosa admiración de sus sacrificados amigos y meter –esta vez sí– un bigote ajeno en la cama marital.

A pesar de sus homilías ninguno de nosotros ha seguido sus pasos. Nos falta iniciativa. O vocación, quién sabe. Por lo que a mí respecta ni siquiera me lo planteo, más por pereza que por convicciones religiosas o estéticas. 

Mi amigo Ramón, ahora que está muerto, es tan feliz o infeliz como cuando vivía. Sólo se diferencia del antiguo Ramón en que ha adelgazado varios kilos y peina peluquín. Por lo demás, viste ropa sport, sigue haciendo trampas en las partidas de mus y de vez en cuando compra frascos de perfumes para recordar tiempos mejores. Nosotros, mientras tanto, seguimos día a día ensayando una sonrisa: no queremos que la muerte nos pille tristes cuando venga a hacernos la foto.

 

 Francisco Rodríguez Criado

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      Solitaria, en medio de la ensenada, flota la barca prisionera. Dos cuerdas deshilachadas la sujetan al desastrado malecón. Como plata recién bruñida espejea el agua a la luz incierta del amanecer o, quizá, ante los últimos rescoldos del crepúsculo. A lo lejos, cerrando la salida, un cerco de pontones parece insinuar las puertas de una prisión que los muros grises de las nubes completan.

      Hace tiempo esa barca pudo ser útil. Quizá realizó arriesgadas travesías de indudable provecho para su dueño. Quizá un día traspasó los reducidos límites de su reclusión y pudo contemplar el paisaje infinito de la mar abierta.

      Ahora, desvencijada y maltrecha, requerida tan sólo para serviles y esporádicos menesteres, flota ahí, en medio del agua muerta, como desoladora metáfora de la soledad y el olvido.

 

 
  Roberto Alcalá   (22 de noviembre de 2008)

 

Comentarios:

En una de las sesiones, propuse a los miembros del taller un ejercicio de descripción. Para ello les pedí que escribieran a partir de una estampa fija, ajena a cualquier tipo de acción. Roberto, al igual que otros participantes, escribió un texto inspirado en una de las fotografías de nuestra compañera Julieta Pellicer. En este escrito -como en todos los de Roberto- destaca la calidad de prosa, sazonada en este ocasión con cierto aliento poético. Muy a tener en cuenta también las numerosas personificaciones ("solitaria", "pudo contemplar el paisaje infinito", "muerta") y la metáfora final, donde apreciamos la barca, en su condición de desvencijada y maltrecha, como espejo de la soledad y el olvido.

F.R.C

 

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