Esta mañana por circunstancias de la vida y camino de La Vera me he topado con Jiménez Los Santos en el dial y ciertamente he sentido vergüenza ajena de las verdaderas barbaridades que en una presunta tertulia se decían. Digo presunta porque estaba claro que un grupo de opinión se considera tertulia cuando existe diverdidad de opinión y existe cierto contraste que de pie a la discusión y al debate, algo que en ningún momento se ha producido. Aquello más bien parecía un cónclave de voceros cuya misión no era otra que meter cisma y provocar a la ciudadanía sobre cual ha de ser su papel con respecto a la política del gobierno de la nación, y sobre todo me ha perecido de una maldad sin precedentes, y que viene a darle la razón a aquellas voces que vienen suplicando ese tirón de orejas que se merecen quienes, auspiciados por la Iglesia Católica, pretenden sembrar el mal y el desasosiego más que otros valores, que quienes nos consideramos miembros de la Iglesia y cristianos, defendemos desde otras posiciones más moderadas y sin provocar, ni buscar batallas innecesarias.

Lo peor de todos es que hay quien se cree, claro está que es cuestión de Fe, la palabrería y las apocaliptícas reivindicaciones que se hacen, y eso es lo que me preocupa, sobre todo porque se hacen desde una posición radicalmente contraria a lo que demanda la sociedad. Si la gente quiere unidad ante el terrorismo ellos gritan lo contrario, si la gente quiere ayudas para la vivienda ellos piensan que es poco apropiado, si se están llevando a cabo medidas para combatir las muertes por accidentes de tráfico ellos cargan contra su director general. Realmente, resulta totalmente contrario a la democracia, y me recuerda a algunas cosas de otras épocas, que no viví, pero que me han contando personas cercanas que fueron realmente duras, y que Dios nos libre de ellas.