No soy yo de esas personas que se dejan seducir por quienes, sabedores de la oportunidad que esta columna puede suponer para pregonar o difundir ciertas cuestiones, pretenden influir o directamente, proponer la temática, sobre la que he de escribir. Sin embargo, y sin que esto sirva de precedente para quienes puedan tener la tentación de hacerlo, una conversación con Ignacio Cortijo, un emigrante retornado de Alemania, me ha hecho reflexionar sobre un asunto realmente importante en el medio rural, estrechamente relacionado con el tan en boga asunto del cambio climático y el ahorro energético, y sobre el que antes no me había parado a meditar -quizá por lo cercano- y cuya trascendencia para el futuro de una región como Extremadura es fundamental, o al menos debería serlo. Todos los que vivimos en un pueblo, rodeados de entornos agrarios o forestales, sabemos que una vez termina la campaña de extinción de incendios, los permisos de quema se multiplican, el campo se llena de fogatas y las columnas de humo invaden el paisaje indicándonos que se abre la veda para las quemas de restos de poda, rastrojos y otras materias vegetales. Me comentaba mi interlocutor -con más razón que un santo- que estamos tirando a la basura mucha energía aprovechable. Científicamente está más que demostrado que ese material, la biomasa, es una importante fuente de energía, y de hecho ya lo saben las grandes multinacionales de la energía que comienzan a crear redes de centrales y plantas para ello. Todo esto está muy bien, pero mi interés más bien está en una dimensión inferior, en poder aplicar esta capacidad energética en los hogares, en los usos cotidianos y familiares, por ejemplo en la calefacción o en la fabricación de abonos para el jardín o el huerto. Sería sin duda una interesante fórmula de ahorro, que incorporada a las políticas energéticas y al programa de ayudas, serviría para aliviar nuestros bolsillos y de paso, contribuir al mantenimiento y conservación de nuestro medio natural.