“En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1º de abril de 1939, año de la victoria. El Generalísimo. Fdo. Francisco Franco Bahamonde”.

 

Cincelaba con la punta de su pluma el papel y, con sumo esfuerzo, seguían brotando de la zahína sangre letras, que creaban emociones maravillosas capaces de hacer romper en lágrimas similar al desgarro de una cebolla con las manos.

 

Una fría mañana, se encontró al viejo y ñoño jupitercillo, ridículamente disfrazado con rayo en mano, temblando indecorosamente ante un puñado de hombres tiznados de sudor, rabia y sufrimiento paridos y arrancados de la misma entraña de la tierra. Seguía esta sombra funesta que se consumía, contrayéndose poco a poco, encarándose todavía al viento del pueblo.

 

Y una tarde, los mostachos verdes vestidos de tricornio -que un día te acompañaran, Federico- mandaron callar a todos con partes de balas grises mientras cientos de valientes se agazapaban tras faldas de madera. Aquellos retoños de árboles talados, hoy tribunas para que no volviera a conocer el mundo más niños yunteros, de nuevo fueron mancillados.

 

Entonces, se despertó entre sudores. Encendió su lámpara de luna, miró a su alrededor y se sosegó. Se levantó, sigilosamente, cuidando de no despertar a Josefina y se acercó torpemente a su pequeño escritorio. Se sentó, abrió su diario y escribió una especie de carta que jamás volará a los almendros de nata de su huerto: “Ramón, ya hace diez años que te fuiste, amigo, y tengo aún tantas cosas que contarte. Hoy cumplo noventa y ocho años. Mañana vendrá a Orihuela el Presidente de la República a concederme la medalla al mérito en el trabajo. ¿Quién hubiera soñado que este niño cabrero pudiera haber escrito ya un centenar de libros! Te sigue echando tanto de menos, tu amigo, Miguel Hernández Gilabert”.

 

 

Fran J. Álvarez Paniagua

 

Comentarios:

“Las tres heridas de la memoria” es un escrito que no podría entenderse fuera del contexto en que nació: el de la falsificación. Tiene un lenguaje muy trabajado y la idea es buena, aunque lo lastra un pequeño inconveniente: exige del lector ciertos conocimientos literarios sin los cuales el relato no levanta el vuelo. O mejor dicho: lo hace pero el lector no lo entiende.

Hay referencias veladas a Federico García Lorca (“los mostachos verdes vestidos de tricornio -que un día te acompañaran, Federico-“) y una aproximación al propio Miguel Hernández (la cebolla, el “viento del pueblo”), personaje desvelado a última hora.

En contra de lo que viene siendo habitual en el subgénero de la falsificación histórica, Francisco ha dejado  a un lado la ironía y la humorada para narrar una historia cruda con un final “de justicia” que obviamente nunca tuvo lugar.