Hasta ahora todos los relatos publicados en este blog forman parte de alguno de mis libros. "Buscando a Alma Rosenberberg” es la excepción que confirma la regla: nunca había sido publicado. O mejor dicho: casi nunca. El relato ha visto la luz recientemente en el último número de la revista La bolsa de pipas (número 71, octubre-diciembre 2008).

Escribí “Buscando a Alma Rosenberg” hace unos años, en una época en la que yo estudiaba la figura del escritor judío Isaac Bashevis Singer, premio Nobel de Literatura en 1968, autor yiddish que desarrolló la mayor parte de su carrera en el periódico neoyorkino Jewish Daily Forward, más conocido como Forverts.

Bashevis Singer es uno de mis escritores preferidos y “Buscando a Alma Rosenberg” es, de entre mis relatos, uno de los que más gustan.

 

   

            BUSCANDO A ALMA ROSBENBERG 

           

Ubicado en un robusto edificio de la calle 175 del Este de Broadway, el periódico neoyorkino Jewish Daily Forward, popularmente conocido entre sus lectores con el escueto nombre de Forverts, publicó el 5 de septiembre de 1939 el siguiente anuncio: “ME HE PERDIDO. ¿ALGUIEN PUEDE DECIRME QUIÉN SOY?”. Aquella llamada de auxilio tuvo éxito: dos días después un hombre de unos cuarenta años, vestido con un mono azul de trabajo, se presentaba en las bulliciosas oficinas del periódico.

Natural de Varsovia, Jacob Rosenberg era alto, corpulento, lucía una barba larga y espesa salpicada de canas precoces, tenía los ojos oscuros y tristes, el pelo moreno. Hacía cinco años que había entrado en el país por el centro de inmigración Ellis Island y desde entonces había trabajado muy duro para mantener a su familia desempeñando numerosos oficios: obrero de la construcción, mozo de almacén, electricista... Pero sin duda el oficio más duro de todos era el de ser padre. El señor Rosenberg aseguraba ser el padre de la chica que se había perdido.

–Iré por ella –dijo uno de los redactores más jóvenes–. No ha salido de aquí en las últimas cuarenta y ocho horas. Puedo asegurarle que ha estado muy bien atendida.

–Muchas gracias. Siento los problemas que haya podido ocasionarles. Sobre todo en días como estos, en los que tienen ustedes tanto trabajo.

–No ha ocasionado el menor problema –repuso el redactor–. Es una buena chica.

–Padece trastornos de la personalidad y pérdidas de memoria –se sinceró el señor Rosenberg–. Eso dijo el doctor… A veces pierde la noción del tiempo. Su madre y yo estamos muy preocupados. No es la primera vez que le ocurre esto… No tenemos ni idea de quién la habrá ayudado a poner el anuncio en el periódico.

–Cualquiera sabe.

–Por cierto, se llama Alma.

–Es un nombre muy bonito –dijo el redactor, que salió inmediatamente a buscar a la chica.

Alma estaba en un saloncito, sola, sentada en un sofá bajo un retrato en la pared del escritor yiddish Isaac Peretz, hojeando sin demasiado interés unas modernas revistas en inglés de las que no entendía una sola palabra. Vestía ropa sencilla, casi vulgar. Era delgada y tenía unos ojos chispeantes y alegres, ahora algo apagados por la neblina de la timidez.

–Tengo una buena noticia –le dijo en yiddish el redactor–: te llamas Alma Rosenberg. Tienes diez años. Tu padre está aquí, ha venido a recogerte –Alma sonrió–. Pero tengo también una mala noticia –añadió medio en broma.

–¿Cuál es la mala noticia? –preguntó ella.

–Eres judía.

Alma, que seguía inmersa en su crisis de identidad y pérdida de memoria, no alcanzaba a comprender.

Preguntó:

–¿Y por qué es malo ser judío?

–No lo sé –sonrió el redactor–. Algo habréis hecho: hace tres mil años que os persiguen. Y eso que sois “el pueblo elegido”.

Alma trató de procesar aquella información, completamente nueva para ella. ¿Quién les perseguiría? De repente, en un momento de lucidez recordó aquellos libros ilustrados en yiddish que tanto le gustaban, libros en donde siempre aparecían villanos de la peor calaña. Por suerte, también estaban los superhéroes, que luchaban contra ellos para que los malos no pudieran hacer daño a nadie. De entre todos los héroes de cómic, Superman era su preferido.

–¿Tú también eres judío? –preguntó Alma.

–No, pero conozco a muchos. La mayoría de los empleados de este periódico lo son. Nací en un barrio pobre de Budapest donde había muchos judíos. Fue allí donde aprendí el yiddish. Tu padre también es judío –le explicó.

Alma quería saber más cosas. Tenía necesidad de preguntar, preguntar hasta  resolver todas sus dudas. Pero el redactor, dando por terminada aquella conversación, le indicó con un gesto amable que le acompañara.  

Alma bajó la cabeza y caminó a su lado sin rechistar, tratando de contener su creciente malhumor: intuía que aquel joven (¿cómo se llamaría?) tenía todas las respuestas y no quería dárselas.

. Muchos en la redacción abandonaron sus tareas durante unos segundos para observar a la niña mientras avanzaba por el pasillo en dirección a la salida. Otros, escuchando las noticias procedentes de Europa apiñados alrededor de un transistor de radio, no llegaron a percatarse de su presencia.

El semblante cansado del padre se iluminó al ver a la niña. La recibió con los brazos abiertos. Alma se abrazó con timidez a aquel señor de azul que decía ser su padre.

Estos hechos mínimos tuvieron lugar el 5 de septiembre de 1939. Mientras al otro lado del Atlántico Hitler arrasaba Polonia con su flota aérea, Alma caminaba por las calles de Nueva York cogida de la mano de su padre, dando saltitos para no perder el paso, de regreso a la pequeña vivienda que tenían alquilada al Este de Brooklyn. Temerosa de lo que pudiera ocurrir, Alma iba mirando con los ojos bien abiertos hacia delante, hacia atrás, hacia todos lados, tratando de averiguar dónde podría haberse escondido Superman al tiempo que se preguntaba por qué su héroe preferido no desarmaba de una vez a esos tipos que llevaban tres mil años persiguiendo al pueblo elegido.   

Francisco Rodríguez Criado